lunes, 30 de mayo de 2011

METAFÍSICA, TRASCENDENCIA Y EXISTENCIA EN LA FILOSOFÍA DE MARTIN HEIDEGGER


Lo que en el fáctico “estado de interpretado” del “ser ahí” es ónticamente
tan conocido que ni siquiera nos fijamos en ello, alberga en sí bajo el
punto de vista ontológico-existenciario enigma sobre enigma[1]

Todo lo que esencia […] se mantiene en todas partes oculto el mayor tiempo posible.
Sin embargo, desde el punto de vista de su prevalecer, lo que esencia es de tal suerte que
precede a todo: lo más temprano […] Para el hombre, lo inicialmente temprano es lo
último que se muestra. De ahí que en la región del pensar, un esfuerzo por pensar del todo,
de un modo aún más inicial, lo pensado inicialmente, no sea una voluntad insensata de
renovar lo pasado sino la sobria disposición a asombrarse ante la venida de lo temprano[2].

Las citas que abren este texto, procedentes de El Ser y el Tiempo y del artículo La pregunta por la técnica, de Martin Heidegger, son una precisa expresión del camino del pensar heideggeriano: en nuestra comprensión de término medio se nos muestra primero lo que en el orden filosófico es lo último[3], lo derivado, lo más superficial, y sólo mediante desvelamientos sucesivos podemos acceder a lo originario, a la condición de posibilidad de lo que inicialmente aparecía. El pensar propiamente es, entonces, un continuo ejercicio de paso atrás en busca de los supuestos de cualquier concepción, abandonando las perspectivas tanto de lo comprensible de suyo como de la teoría del conocimiento, a favor de un punto de vista más radical: el ontológico-existenciario.
En el caso que nos ocupa –el esclarecimiento de la articulación de existencia y metafísica a través de la idea de trascendencia– también encontramos primero una correspondencia accesible conceptualmente, que es posible por una relación más profunda (originaria, temprana, inicial, estructural) que un pensar del todo, hasta las últimas consecuencias, debería ser capaz de desocultar. Ahora bien, dado que la metafísica se ha ocupado tradicionalmente de la ontología, en la filosofía heideggeriana este desvelamiento de la relación entre existencia y metafísica tiene algo de circular, ya que afecta directamente al propio punto de vista ontológico-existenciario.
Surgen por tanto ante nosotros, irremediablemente entrelazadas, una serie de cuestiones que es preciso tematizar antes de continuar con el camino emprendido: ¿cuál es la analogía óntica-existencial entre filosofía y hombre? ¿Qué significan en el pensamiento de Heidegger los términos metafísica, existencia y trascendencia? ¿Cuál es la novedad de la ontología heideggeriana, del punto de vista ontológico-existenciario que cierra todos nuestros párrafos? Destejer este laberinto en el que todas estas preguntas se enredan en torno a la noción de existencia requiere una aproximación sucesiva alejada del esclarecimiento lineal demostrativo. No hay un hilo de Ariadna, sino un continuo errar –en ambos sentidos del término– que forma parte de manera insalvable del propio tema que se trata. La existencia está tanto al principio como al final: ella es el propio laberinto en el que siempre estamos ya.
Un posible recorrido comienza por explicitar la comprensión de la filosofía que podríamos calificar, abusando de la terminología heideggeriana, como de término medio, para después descubrir los supuestos ocultos que operan en ella mediante la estrategia lógica del paso atrás[4]. Simétricamente, después debería ser posible explicar reconstructivamente, desde lo ganado en este pensar radical, las analogías recurrentes que se dan entre la filosofía y el hombre.
Así, la relación entre filosofía y hombre que es comprensible de suyo está presente ya en el gesto que da comienzo a la filosofía misma: la mayéutica, el preguntar socrático. En él se hace visible que la filosofía nace en correspondencia con la vida de los hombres[5], con una necesidad de elaborar la perplejidad que les produce el inquietante no saber, en especial a propósito del ser del hombre mismo. Este primer movimiento de la filosofía es ya un trascender[6], que aquí pretende desbordar los límites del saber establecido, de lo dado por conocido –del prejuicio en la creencia–, poniendo a la vista la falta de rigor de los supuestos básicos de la cultura (sofista) del momento. La filosofía que desarrolla este preguntar (qué es el bien, lo bueno, lo verdadero) va a la búsqueda de un saber fundamentado, de un suelo firme (grund) sobre el que construir el edificio del conocimiento, interrogando por el qué es –esencia– de cada cosa que es –existente– desde la razón humana. La parte de la filosofía en que se trata de estos fundamentos, de los principios básicos de la realidad, es la metafísica.
Tradicionalmente, la metafísica se ha ocupado principalmente de dos temas: la ontología (del ente en cuanto ente) y la teología (el ser pensado como ente supremo, como causa primera de la realidad). Ahora bien, para Heidegger, la metafísica así planteada –estructura onto-teológica incapaz de ver la diferencia óntico-ontológica[7]– no alcanza lo radical, ya que la búsqueda del fundamento planteada desde la razón deriva en un regreso al infinito de la fundamentación (horizontal) que sólo puede ser detenido lógicamente mediante la introducción de un ente supremo (vertical) que actúe como causa primera.
Para evitar esta lógica perversa, Heidegger introduce, con El ser y el tiempo, un cambio de perspectiva desde el qué es hacia el que es –desde la esencia a la existencia–, que, basada en la premisa de que el ente que es capaz de la pregunta metafísica no es un ente cualquiera, sino un señalado ente que ya comprende el sentido del ser, le permite retroceder hacia algo más originario que la razón (no tanto irracional como prerracional), hacia un modo de relacionarse con las cosas que sea distinto del ver teórico[8]. Esta precomprensión es originaria tanto en sentido de anterior como también de fundamento: de ella brota la posibilidad misma del preguntar y del forjar conceptos[9].
El movimiento de desfundamentación que Heidegger opera sobre la metafísica (elimina la causa primera, la teología[10], reduciendo la metafísica a ontología) al situar la comprensión (sin fundamentación) como origen de la posibilidad del conocimiento (fundamentado racionalmente) discurre en paralelo a la desfundamentación del propio hombre, al que se priva de “naturaleza” con la posición de un modo de ser del hombre también original con respecto a la noción de sujeto (racional): el Dasein, traducido por José Gaos como “ser ahí”­­, determinado por la existencia. Este ente queda señalado porque en su comprender el ser le va su ser mismo: es el ente capaz de preguntar, precisamente porque ya siempre es comprendiendo. La esencia del hombre es la existencia, su qué es es que es.
De este modo, queda trazada la diferencia esencial que establece la filosofía de Heidegger, entre el existente –el “ser ahí”– y los demás entes que no necesitan ser ellos mismos, que propone nuevos modos de ser, los existenciarios, distintos de las categorías que hasta ahora habían dominado la metafísica: «Existenciarios y categorías son las dos posibilidades fundamentales de caracteres del ser. Los entes respectivos requieren que se les pregunte primariamente en cada caso de distinto modo: un ente es un “quién” (existencia) o un “qué” (“ser ante los ojos” en el sentido más lato)» [ST57].
En el “ser ahí” se borra la diferencia entre lo óntico (relativo al ente) y lo ontológico (relativo al ser del ente): es el ser ónticamente ontológico, el ente señalado («El “ser ahí” funciona como el ente al que hay que preguntar sobre su ser con fundamental anterioridad» [ST24]) que comprende el ser en su existir. El ser ahí se comprende a sí mismo a través de su existencia –una responsabilidad óntica del “ser ahí”– dilucidada en el existir mismo: es la comprensión “existencial”. Ahora bien, es posible un preguntar teoréticamente por la estructura ontológica de la existencia, es decir, una comprensión “existenciaria” de la constitución del ser del ente que existe.
Llegados hasta aquí, queda claro cuál es la especificidad del punto de vista ontológico-existenciario como análisis teórico capaz de dar cuenta radicalmente de la especial posición óntico-existencial del hombre; y también cuál es el proyecto filosófico heideggeriano: «La filosofía es la ontología universal y fenomenológica que parte de la hermenéutica del “ser ahí”, la que a su vez, como analítica de la existencia, ata el cabo del hilo conductor de toda cuestión filosófica allí donde toda cuestión filosófica surge y retorna» [ST49]. Se ha desvelado el fondo de la relación entre metafísica y existencia en el pensar heideggeriano: la metafísica surge de la especial situación del hombre, de su existencia como “ser ahí”, y retorna al mismo como tema fundamental de la misma.
Con esto hemos ganado la comprensión de la relación entre existencia y metafísica –como análisis de la estructura de la existencia–. Para desvelar cómo esta relación es articulada por la trascendencia, será preciso entrar filosóficamente en la estructura fundamental de la existencia del “ser ahí” hasta descubrir su sentido existenciario en la “cura” o preocupación (Sorge), en la caracterización de la existencia humana como proyecto. Para ello será necesario realizar en primer lugar un recorrido por El ser y el tiempo, obra en la que Heidegger tematiza la existencia en este sentido, para después, con lo ganado aquí, acceder a la articulación de la existencia con la metafísica en torno a la común falta de fundamento desarrollada en ¿Qué es metafísica?[11].
Antes de adentrarse en la “cura” como unidad del todo estructural del ser “ahí”, en El ser y el tiempo Heidegger realiza un análisis de los constituyentes igualmente originarios de esta estructura total. No es este el lugar para una exposición detallada de los mismos, por lo que de los existenciarios resultantes de esta investigación de los elementos (con igual originalidad) de esta estructura total que es el “ser en el mundo”[12] –el “ser cabe el mundo” (“curarse de”), el “ser con” (“procurar por”), el “ser sí mismo” (“quién”) y el “ser en” (“encontrarse”, “comprender” y “habla”)– pasamos directamente al “ser en”.
En el análisis del “ser en” como esencial “estado de abierto”, al estudiar el “encontrarse” (la apertura afectiva del mundo), Heidegger presenta la condición de Geworfen, que Gaos traduce como “estado de yecto” del “ser ahí” en su “ahí”[13] (y Rivera traduce como condición de arrojado de este ente en su Ahí), y junto a él la idea de “facticidad”[14], como carácter existenciario de lo absolutamente contingente. Igualmente, al estudiar el “comprender” es abierta la significatividad –fundada en el “por mor de qué”–, pero sobre todo «la forma de ser del “ser ahí” como “poder ser”. El “ser ahí” no es algo “ante los ojos” que posea además como dote adjetiva la de poder algo, sino que es primariamente “ser posible”. El “ser ahí” es en cada caso aquello que él puede ser y tal cual él es su posibilidad» [ST161] (evidentemente aquí se incluye la posibilidad del ser por mor de sí mismo). Esta posibilidad, este “ser posible”, que es radicalmente diferente de la vacía posibilidad lógica, es la más original determinación ontológica del “ser ahí”. Uniendo el “estado de yecto” y el “ser posible”, tenemos que el “ser ahí” es «posibilidad yecta» [ST161], es responsabilidad y por tanto capaz de perderse.
El comprender abre al “ser ahí” sus posibilidades porque tiene la estructura existenciaria de la “proyección”: «el “ser ahí” se comprende siempre ya y siempre aún, mientras es, por posibilidades […] El comprender es, en cuanto proyectar, la forma de ser del “ser ahí” en que éste es sus posibilidades en cuanto posibilidades. En razón de la forma de ser constituida por el existenciario de la proyección, es el “ser ahí” constantemente “más” de lo que es efectivamente» [ST163]. La estructura de la proyección en cierto modo nos anticipa ya la conexión con la idea de trascendencia que andábamos buscando en la “cura”: puesto que el “ser ahí” se comprende a sí mismo como posibilidades de ser –esto o lo otro–, como proyecto, está siempre más allá de, es decir, trascendiendo, lo que él mismo efectivamente es como cosa presente –tanto en el sentido temporal de ahora como en el sentido gnoseológico de “ante los ojos".
Ahora bien, esta proyección puede hacerse sobre la comprensión inmediata y regular del mundo[15] (comprender impropio) o bien sobre el sí mismo (comprender propio). En la comprensión impropia, aunque genuina, tiene lugar la interpretación, y junto a ella el fenómeno del sentido como un existenciario del ser ahí articulado en el habla: «tiene que concebirse el sentido como la armazón existenciario-formal del “estado de abierto” inherente al comprender […] Sólo el “ser ahí” puede, por ende, tener sentido o carecer de él» [ST170]. El comprender e interpretar del “ser ahí” cotidiano, en la forma de ser del “uno”, se mueven dentro de lo que Heidegger llama el “estado de interpretado” (“habladurías”, “avidez de novedades” y “ambigüedad”) del “ser ahí”, que «regula y distribuye las posibilidades del comprender del término medio y del correspondiente encontrarse» [ST187], y al cual resulta imposible sustraerse. Contra él se desarrolla el genuino comprender, pero inmediata y regularmente cierra el “estado de interpretado” el comprender en el modo del desarraigo, que constituye la cotidiana realidad del “ser ahí”: «En lo comprensible de suyo y seguro de sí del “estado de interpretado” del término medio está, empero, entrañado que gracias a su amparo le permanezca oculta al “ser ahí” mismo del caso la “inhospitalidad” de ese flotar en el aire en que puede volar hacia una creciente falta de base» [ST189].
Va así apareciendo ya la idea de que los fenómenos de significatividad y sentido cotidianos funcionan como un suelo falso que esconde al hombre su verdadera falta de fundamento último, de una base explicativa independiente de su propio existir proyectándose y trascendiéndose. La historia de la metafísica tradicional no sería más que un intento de elaboración conceptual de este ocultamiento, y la perspectiva ontológico-existenciaria la manera de ponerlo a la vista.
En su estado cotidiano, el “ser ahí” se encuentra absorbido en el mundo del que se ocupa, perdido en la publicidad del “uno”, olvidado de sus posibilidades más propias: es el “estado de caído”, la caída del “ser ahí” en el “no ser él mismo”, en un extrañador aquietamiento (radicalmente distinto de la inactividad) en el ser impropio que no necesita del comprender encontrándose propio. De todo esto resulta el derrumbamiento[16] en la falta de base del ser impropio en el uno, que aleja al “ser ahí” de su ser propio hacia el “torbellino” de la vida concreta. Ahora bien, «el “ser ahí” sólo puede caer porque le va el “ser en el mundo” encontrándose y comprendiendo. Y a la inversa, no es la existencia propia nada que flote por encima de la cotidianidad cadente, sino existenciariamente sólo un modificado empuñar ésta» [ST199].
Con el análisis realizado hasta aquí, según el cual el “ser ahí” es en la forma de ser de la condición de arrojado (yecto), es decir, es sus posibilidades mismas y se proyecta en (se comprende en y por) ellas, ya podemos acceder a la cura, la preocupación (Sorge), como el todo que da unidad al “ser en el mundo”. Es en la preocupación, y no al revés, donde se fundan los fenómenos de la voluntad, el deseo, la inclinación y el impulso. El encontrarse, el estado de ánimo, que abre la comprensión de esta unidad de la cura es la angustia[17], que elimina la significatividad, la posibilidad de comprenderse por el mundo y el público estado de interpretado, arrojando al “ser ahí” contra su poder ser propio singularizado, contra su responsabilidad de elegirse y empuñarse a sí mismo. Una vez puesta de manifiesto la falta de base, el no-ser, de la cotidianidad, queda a la vista para el “ser ahí” la inhospitalidad (“no en su casa”) que propiamente lo constituye: «hay que concebir el “no en su casa” como el fenómeno más original bajo el punto de vista ontológico existenciario» [ST210].
Desde el primer esbozo del análisis de la existencia [ST53], Heidegger presentaba al “ser ahí” como «un ente al que en su ser le va este mismo» [ST212]. La aclaración ontológica de este «le va» como proyección de posibilidades abre lo que Gaos traduce como estructura del “pre-ser-se” (y Rivera como anticiparse-a-sí): «el “se ahí” es para sí mismo en su ser y en cada caso ya previamente. El “ser ahí” es siempre ya “más allá de sí”, no como un conducirse relativamente a otros entes que él no es, sino como “ser relativamente al ‘poder ser’” que es él mismo» [ST212]. Por supuesto, esta estructura se refiere siempre a un “ser-ya-en el mundo”, el existir es siempre fáctico y absorbido en el mundo, cadente “ser cabe” huyendo de la inhospitalidad. Con esto, ya puede Heidegger enunciar el significado ontológico de Sorge (cura en Gaos, cuidado en Rivera): «“pre-ser-se-ya-en (el mundo) como ser-cabe (los entes que hacen frente dentro del mundo)”» [ST213] [18].
Esta estructura existenciaria, la cura, es ontológicamente original, es un a priori de cualquier posición y conducta, ya sea ésta teórica o práctica –el tema del vivir óntico sólo puede desarrollarse a partir de la cura, tiene en ella su raíz–. El resto de análisis filosóficos son derivados de la perspectiva ontológico-existenciaria: «la imposibilidad de concebir al ente de la forma de ser del “ser ahí” por la “realidad” ni la sustancialidad es lo que hemos enunciado con la tesis: la sustancia del hombre es la existencia» [ST233].
La estructura de la cura, sin embargo, no queda completa sin considerar su temporalidad: «en el “ser ahí” siempre “falta” aún algo que como “poder ser” de él mismo no se ha hecho real todavía» [ST258]. El “ser ahí” siempre está inconcluso, nunca está entero, nunca es una totalidad (pero no en el sentido en que una fruta todavía no está madura): con la perspectiva de la temporalidad, de que el ser es tiempo, se abre la filosofía de la finitud, como imposibilidad de plenitud[19], y sobre todo la posibilidad más extrema y a la vez más propia –la muerte–. De nuevo la angustia es el estado de ánimo capaz de abrir la amenaza de la muerte: «Todo comprender es un encontrarse. El estado de ánimo pone al “ser ahí” ante el “estado de yecto” de su “hecho de que es ahí”. Mas el encontrarse capaz de mantener patente la amenaza constante y absoluta que para el ser más peculiar y singularizado del “ser ahí” asciende de este mismo, es la angustia. En esta se encuentra el “ser ahí” ante la nada de la posible imposibilidad de su existencia […] El “ser relativamente a la muerte” es en esencia angustia» [ST289-290][20].
Esta angustia ante la posibilidad de no ser que representa la muerte, sin embargo no es el único lugar en que se hace patente la falta de fundamento que amenaza la existencia. También en el fenómeno de la conciencia como vocación de la cura, la inhospitalidad de la singularización yecta persigue al “ser ahí” y “amenaza su estado de perdido” olvidado de sí mismo. En la vocación de la conciencia surge el tema de la deuda y del existenciario ser deudor como «ser el fundamento de un ser determinado por un “no” –es decir, “ser el fundamento” de un “no ser”» [ST308-309]. El carácter de este “no” es el de no ser por sí mismo, sino despedido a sí mismo para ser como ser del fundamento. La proyección, y en consecuencia la cura, como elegir una posibilidad y no las otras posibilidades abiertas, está atravesada –constitutivamente, y no como deficiencia por respecto a un ideal– por el “no ser”.
«El sentido del ser del “ser ahí” no es otra cosa, que flote en el vacío y “fuera” de él mismo, sino el “ser ahí” mismo, que se comprende a sí mismo» [ST352]. El hombre, por tanto, como ente arrojado –es decir, sin origen ni destino– es en su existir comprendiendo el ser el fundamento de sí mismo, o, lo que es lo mismo, no hay un ente otro que sea el fondo sobre el que su existir se haga posible y al que se pueda referir en busca de estabilidad. Para ser ha de ser, trascenderse poniéndose a sí mismo como soporte de sí mismo, empuñar su ser como único asidero propiamente posible.
Como ya se había adelantado, el sentido (como fondo sobre el que se hace posible) de la cura propia es la temporalidad: «La temporalidad hace posible la unidad de la existencia, la facticidad y la caída, constituyendo así originalmente la totalidad de la estructura de la cura […] La temporalidad es el original “fuera de sí” en y para sí mismo. Llamamos, por ende, a los caracterizados fenómenos del advenir, el sido y el presente los “éxtasis” de la temporalidad» [ST356]. La temporalidad, por tanto, como condición de posibilidad[21] de la estructura de la cura, del proyectarse fuera de sí en lo que todavía no es y puede no ser, es el sentido mismo de la trascendencia que somos. Por ello, el tiempo decisivo de la trascendencia es el futuro: «el advenir tiene una primacía dentro de la unidad extática de la temporalidad original y propia […] El fenómeno primario de la temporalidad original y propia es el advenir» [ST357]. Y por ello la finitud es la característica definitoria de la temporalidad original (mientras que el tiempo del ahora infinito[22] es impropio, una ocultación de la inhospitalidad): «el advenir propio y original es el “a sí”, a , existiendo como la irrebasable posibilidad del “no ser” […] El “advenir a sí” propio y original es el sentido del existir en el “no ser” más peculiar» [ST357].
Ya queda abierta la comprensión de la relación entre existencia y trascendencia en torno a la idea de un “poder ser” propio que no busca su fundamento fuera de sí, sino en sí mismo. La trascendencia se revela entonces como un ir más allá del “no ser”, de la insignificatividad de los entes del mundo en que nos absorbemos (de lo que llamamos realidad), para existir en la comprensión del ser que somos nosotros mismos (la existencia): «La insignificatividad del mundo abierta en la angustia desemboza el “no ser” de lo susceptible de que se cure de ello, es decir, la imposibilidad del proyectarse sobre un “poder ser” de la existencia fundado primariamente en aquello de que se cura. El desembozar esta imposibilidad significa, empero, un alumbrar la posibilidad de un “poder ser” propio» [ST371-372]; «La angustia libra de las posibilidades encintas de “no ser” y permite quedar libre para las propias» [ST373].
Lo ganado hasta aquí, en la lectura de El ser y el tiempo, es esto: la existencia, como ser fundamento y fundamentado más allá de la presente –en sus dos sentidos– realidad[23] de los entes, es trascendencia.
Llegados a este punto, es momento de recorrer la conferencia ¿Qué es metafísica?, ya en busca de la articulación original que Heidegger ofrece de sus conceptos de existencia y metafísica a través del de trascendencia. Este texto no se construye en torno a la existencia, sino a la nada, presentada inicialmente como aquello de lo que prescinde la ciencia, que absorbida en lo ente «no quiere saber nada de la nada» [QM18]. El ser y el tiempo ya nos había presentado la nada como la posibilidad de “no ser” abierta por el encontrarse fundamental de la angustia, y ¿Qué es metafísica? incide de nuevo sobre este abrir a partir de la experiencia, más originario que el conocer del entendimiento.
En la angustia desaparecen los apoyos, las referencias intramundanas, y se revela la nada en la que «estamos suspensos» [QM27]. La angustia, al eliminar la significatividad del mundo por relación a la cual nos comprendemos impropiamente, nos deja ante la desnuda existencia que propiamente somos. La angustia, por tanto, lleva «a cabo la transformación del hombre en su ser-aquí», es decir, sitúa al hombre óntico ante su ser ontológico, ante su propia condición de posibilidad.
La presentación de la nada se produce «a una» con lo ente en su totalidad, precisamente como el desaparecer, el escaparse, de lo ente en su totalidad. «Este remitir que rechaza […] es la esencia de la nada: el desistimiento» [QM24], el cual abre lo ente como tal en su originalidad: es ente y no nada. Lo originario, lo primario es la nada, y lo derivado, lo abierto por ella, es el ente.
Así, «ser-aquí significa: estar inmerso en la nada. Estando inmerso en la nada, el Dasein está siempre más allá de lo ente en su totalidad. Este estar más allá de lo ente es lo que llamamos trascendencia» [QM31-32]. Es la nada, su desistir, lo que permite que se nos manifieste lo ente. «El estar inmerso en la nada del Dasein sobre el fundamento de la angustia escondida es la superación de lo ente en su totalidad: la trascendencia» [QM37].
Y aquí se enredan los dos hilos conductores de la existencia y la metafísica. Precisamente la metafísica es el preguntar más allá de lo ente, la pregunta por su sobrepasamiento, que ocurre en la pregunta por la nada como perteneciente al ser de lo ente. «El ir más allá de lo ente ocurre en la esencia del Dasein. Pero es que este ir más allá es la propia metafísica. Es eso lo que explica y determina el que la metafísica forme parte de la ‘naturaleza del hombre’ […] La metafísica es el acontecimiento fundamental del Dasein. Es el Dasein mismo» [QM42].
Ahora bien, esta relación entre existencia y metafísica –como preguntar teórico por la existencia– no es simétrica, sino que da prioridad a la existencia. Por un lado, la existencia no necesita del comprender existenciario (teórico) y para ser le basta con la comprensión existencial: «La cuestión de la existencia nunca puede liquidarse sino por medio del existir mismo. La comprensión de sí mismo que lleva la dirección en esto la llamamos “existencial” […] Para liquidarla no se ha menester de “ver a través” teoréticamente de la estructura ontológica de la existencia» [ST22]. Por otro lado, el comprender existenciario necesita inexcusablemente de la precomprensión del ser y de la existencia óntica misma: «La analítica existenciaria, por su parte, tiene en último término raíces existenciales, es decir, ónticas. Sólo tomando el preguntar filosófico mismo existencialmente o como posibilidad de ser del “ser ahí” existente en cada caso, hay la posibilidad de que se abra la existenciariedad de la existencia y la posibilidad de atacar los problemas ontológicos con suficiente fundamento» [ST23].
Por tanto, lo originario es la existencia trascendente, de donde todo surge y a donde todo retorna, y lo derivado la filosofía: «El ser y su estructura están por encima de todo ente y de toda posible determinación de un ente que sea ella misma ente. El ser es lo transcendens pura y simplemente. La transcendencia del ser del “ser ahí” es una señalada transcendencia, en cuanto que implica la posibilidad y la necesidad de la más radical individuación. Todo abrir el ser en cuanto transcendens es conocimiento trascendental. La verdad fenomenológica (“estado de abierto” del ser) es veritas trascendentalis […] La filosofía es la ontología universal y fenomenológica que parte de la hermenéutica del “ser ahí”, la que a su vez, como analítica de la existencia, ata el cabo del hilo conductor de toda cuestión filosófica allí donde toda cuestión filosófica surge y retorna» [ST48-49][24].
Una vez hemos accedido a la relación ontológico-existenciaria entre existencia y filosofía a través de la trascendencia, se puede emprender el viaje de vuelta y comprender en base a ella la relación óntico-existencial entre hombre y filosofía.
Cobra ahora sentido la trascendencia del presente que supone el carácter de inactualidad, de intempestividad, de la filosofía, que -utilizando la expresión de Hegel- como el búho de Minerva sólo levanta su vuelo al atardecer. Cobra también sentido la trascendencia de la utilidad que representa el «quehacer» filosófico. También la autonomía como pretensión de la filosofía de trascender todos los supuestos. Y la trascendencia de los códigos científicos, las reglas del experimento, para abrirse a la experiencia vital. Y el trascender lo académico, para surgir como vocación. Y el trascender las propias definiciones sobre qué sea filosofía: como la vida sólo acontece en el existir, la filosofía sólo se hace posible en el propio filosofar. Contagiada del carácter arrojado de la existencia, del trascender los fundamentos (origen y telos) no hay una introducción a la filosofía, en la filosofía ya siempre se está: es nuestra manera de desocuparnos para mirar al hueco que somos, de asomarnos al abismo sobre el que nos sostenemos.



[1] Heidegger, Martin, El ser y el tiempo, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2001, p.401. Traducción de José Gaos. En lo que sigue, por lo conocido del texto, se explicitará sólo la paginación de las citas literales, mediante la abreviatura ST.
[2] Heidegger, Martin, La pregunta por la técnica, en Conferencias y artículos, Ediciones de Serbal, Barcelona, 2001, p.21.
[3] En este sentido se puede leer la cita de Hegel que hace Heidegger en ¿Qué es metafísica?, Alianza Editorial, Madrid, 2009, p.13: «Según Hegel –desde el punto de vista del sano sentido común- la filosofía es el “mundo al revés”».
[4] «en todo ver errado hay desembozadas también indicaciones acerca de la “idea” original del fenómeno» [ST306].
[5] La Metafísica de Aristóteles comienza con las conocidas palabras: «Todos los hombres por naturaleza desean saber» (traducción de Tomás Calvo).
[6] Para el sentido del término trascender se utiliza la definición dada por Kant –aunque para denunciar una ilusión–: «Entiendo por verdaderos principios trascendentes aquellos que nos incitan a derribar todos los postes fronterizos y a adjudicarnos un territorio nuevo que no admite demarcación alguna». Kant, Immanuel, Crítica de la Razón Pura, Taurus, Madrid, 2005, p.299. (A296/B352).
[7] «El ser de los entes no “es” él mismo un ente» [ST15].
[8] «Nos movemos ya siempre en cierta comprensión del ser […] Esta comprensión del ser, de “término medio” y vaga, es un factum» [ST15].
[9] «el comprender en general […] no es un tener noción oriundo de un proceso de conocimiento, sino una forma de ser originalmente existenciaria que hace posible todo conocimiento y noción» [ST140].
[10] «La afirmación de “verdades eternas”, así como la confusión de la “idealidad” fenoménicamente fundada del “ser ahí” con un sujeto absoluto ideado, cuentan entre los restos de teología cristiana que quedan dentro de los problemas de la filosofía y se hallan aún muy lejos de estar radicalmente eliminados de estos problemas» [ST251].
[11] Heidegger, Martin, ¿Qué es metafísica?, Alianza, Madrid, 2009. En lo que sigue se explicitará sólo la paginación de las citas literales, mediante la abreviatura QM.
[12] «“Ser” como infinitivo del “yo soy”, es decir, comprendido como existenciario, significa “habitar cabe…”, “ser familiarizado con…” “Ser en” es, según esto, la expresión existenciaria formal del ser del “ser ahí”, que tiene la esencial estructura del “ser en el mundo”» [ST67], «se usa la expresión “curarse de” en la presente investigación como un término ontológico (un existenciario) para designar el ser de un posible “ser en el mundo” […] el “ser ahí” es ontológicamente comprendido, “cura”. Por ser esencialmente inherente al “ser ahí” el “ser en el mundo”, es su “ser relativamente al mundo” en esencia “curarse de” […] No es que el hombre “sea” y encima tenga un óntico habérselas relativamente al “mundo”, el cual se agregaría el hombre a sí mismo ocasionalmente. El “ser ahí” no es nunca “inmediatamente” un ente exento de “ser en”» [ST69-70].
[13] «Este carácter del “ser ahí”, embozado en cuanto a su de dónde y su adónde, pero tanto menos embozado en sí mismo, antes bien “abierto”, este “que es”, lo llamamos el “estado de yecto” de este ente en su “ahí”, de tal suerte que en cuanto es un “ser en el mundo”, es el “ahí”. La expresión “estado de yecto” busca sugerir la facticidad de la entrega a la responsabilidad. El “que es y ha de ser” “abierto” en el “encontrarse” del “ser ahí” no es ese “que es” que se expresa ontológico-categorialmente en la “efectividad” inherente al “ser ante los ojos”» [ST152].
[14] «La efectividad del factum “ser ahí”, factum que es en cada caso cada “ser ahí”, la llamamos su “facticidad” […] El concepto de facticidad encierra en sí el “ser en el mundo” de un ente “intramundano”, de tal suerte que este ente pueda comprenderse como siendo su “destino” estar vinculado con el ser de los entes que le hacen frente dentro del mundo que es peculiar de él» [ST68].
«La “facticidad” no es la “efectividad” del factum brutum de algo “ante los ojos”, sino un carácter del ser del “ser ahí” acogido en la existencia, aunque inmediatamente repelido» [ST152].
[15] «Llamamos a la forma de ser media del “ser ahí”, en que éste se mantiene inmediata y regularmente, la cotidianidad» [ST359].
[16] «Los fenómenos señalados, de la tentación, el aquietamiento, el extrañamiento y el enredarse en sí mismo, caracterizan la específica forma de ser de la caída. Llamamos a este “estado de movimiento” del “ser ahí” en su ser peculiar, el “derrumbamiento”. El “ser ahí” se derrumba de sí mismo en sí mismo, en la falta de base y el “no-ser” de la cotidianidad impropia. Pero este derrumbamiento le resulta oculto por obra del público “estado de interpretado”, dado que resulta interpretado como “exaltación” y “vida concreta”» [ST198].
[17] Puesto que la angustia es objeto de análisis en otro lugar no se incide aquí sobre su importante papel.
[18] «anticiparse-a-sí-estando-ya-en-(el-mundo-) en-medio-de (el ente que comparece dentro del mundo)» en la traducción de Rivera.
[19] «el finar como concluirse no encierra en sí el llegar a la plenitud» [ST267]
[20] En el mismo sentido, en [ST301] podemos leer: «La inhospitalidad se desemboza propiamente en el fundamental encontrarse de la angustia, y en cuanto “estado de abierto” más elemental del “ser ahí” yecto pone al “ser en el mundo” de éste ante la nada del mundo, ante la cual se angustia el “ser ahí” en la angustia por el más peculiar “poder ser”».
[21] «La unidad extática de la temporalidad, es decir, la unidad del “fuera de sí” en los éxtasis del advenir, el sido y el presente, es la condición de posibilidad de que sea un ente que existe como su “ahí”» [ST379].
[22] «La temporalidad horizontal-extática se temporacía primariamente desde el advenir. La comprensión vulgar del tiempo, por lo contrario, ve el fenómeno fundamental del tiempo en el ahora» [ST460].
[23] “realidad” en el sentido de “ante los ojos”.
[24] Así, en mi opinión, sólo la existencia mantiene su carácter de arrojada, de tener oculto el origen y el destino, de carecer de fundamento, mientras que la filosofía-metafísica encuentra su suelo en la existencia misma, por más que esta penda sobre la nada.

sábado, 28 de mayo de 2011

ADORNO: FRAGMENTO DE LA ACTUALIDAD DE LA FILOSOFÍA



Aclaraciones a los comentarios a Freud mediante un fragmento de Theodor Adorno, procedente de La actualidad de la filosofía (1931):


«Ahora bien, aun así hay que decir que la tesis de la solubilidad por principio de todos los planteamientos filosóficos en los propios de las ciencias particulares tampoco está hoy a salvo de cualquier duda, y sobre todo, que esa tesis no está en absoluto tan libre de suposiciones filosóficas como se concede a sí misma. Quisiera recordar exclusivamente dos problemas que no es posible dominar basándose en ella: por una parte, el problema del sentido de lo «dado», categoría fundamental de todo empirismo en la que sigue planteándose una y otra vez la cuestión del correspondiente sujeto, y que sólo se puede contestar historicofilosóficamente (geschichtsphilosophisch): pues el sujeto de lo dado no es algún sujeto trascendental, ahistóricamente idéntico, sino que toma una figura cambiante e históricamente comprensible. En el marco del empiriocriticismo, incluido el más moderno, esa cuestión no se ha planteado, sino que se ha aceptado con ingenuidad el punto de partida kantiano. El otro problema es muy corriente en ese marco, pero sólo se ha resuelto de manera arbitraria y sin ningún rigor: el de la conciencia ajena, el del yo ajeno, que para el empiriocriticismo sólo puede hacerse accesible por analogía, sólo reconstruirse después tomando como base la experiencia propia; puesto que el método empiriocriticista, sin embargo, ya presupone necesariamente una conciencia ajena en el lenguaje del que dispone y en su postulado de verificabilidad. Simplemente con estas dos cuestiones, la escuela de Viena ya se inserta precisamente en esa continuidad filosófica que quisiera mantener apartada de sí. No obstante, esto nada dice en contra de la extraordinaria importancia de esa escuela. Veo su relevancia menos en que hubiera logrado en la práctica el proyectado traslado de la filosofía a la ciencia que en el hecho de que, gracias a la precisión con que formula todo aquello que en la filosofía es ciencia, realce los contornos de cuanto en la filosofía está sometido a instancias diversas de la lógica y las ciencias particulares. La filosofía no se transformará en ciencia, pero bajo la presión de los ataques empiristas desterrará todas las cuestiones que, por específicamente científicas, resultan adecuadas para las ciencias particulares y enturbian los planteamientos filosóficos. No entiendo ese proceso como que la filosofía tuviera que desechar otra vez, o al menos aflojar, ese contacto con las ciencias particulares que finalmente ha vuelto a conseguir, y que hay que contar entre los resultados más afortunados de la más reciente historia de la filosofía. Al contrario. Plenitud material y concreción de los problemas es algo que la filosofía sólo podría tomar del estado contemporáneo de las ciencias particulares. Tampoco se podría permitir elevarse por encima de las ciencias particulares tomando sus «resultados» como algo acabado y meditando sobre ellos a una distancia prudencial, sino que los problemas filosóficos se encuentran en todo momento, y en cierto sentido indisolublemente, encerrados en las cuestiones más definidas de las ciencias particulares. La filosofía no se distingue de la ciencia, como afirma todavía hoy una opinión trivial, en virtud de un mayor grado de generalidad, ni por lo abstracto de sus categorías ni por lo acabado del material. La diferencia, mucho más honda, radica en que las ciencias particulares aceptan sus hallazgos, en todo caso sus hallazgos últimos y más fundamentales, como algo ulteriormente insoluble que descansa sobre sí mismo, en tanto la filosofía concibe ya el primer hallazgo con el que se tropieza como un signo que está obligada a descifrar. Dicho de una forma más llana: el ideal de la ciencia es la investigación, el de la filosofía, la interpretación. Con lo que persiste la gran paradoja, quizás perpetua, de que la filosofía ha de proceder a interpretar una y otra vez, y siempre con la pretensión de la verdad, sin poseer nunca una clave cierta de interpretación: la paradoja de que en las figuras enigmáticas de lo existente y sus asombrosos entrelazamientos no le sean dadas más que fugaces indicaciones que se esfuman. La historia de la filosofía no es otra cosa que la historia de tales entrelazamientos; por eso le son dados tan pocos «resultados»; por eso constantemente ha de comenzar de nuevo; por eso no puede aun así prescindir ni del más mínimo hilo que el tiempo pasado haya devanado, y que quizás complete la trama que podría transformar las cifras en un texto. Según esto, la idea de interpretación no coincide en absoluto con un problema del «sentido» con el que se la confunde la mayoría de las veces. Por una parte, no es tarea de la filosofía exponer ni justificar un tal sentido como algo positivamente dado ni la realidad como «llena de sentido».
La ruptura en el Ser mismo prohíbe toda justificación semejante de lo existente; ya pueden nuestras imágenes perceptivas ser figuras, que el mundo en que vivimos y que está constituido de otro modo no lo es; el texto que la filosofía ha de leer es incompleto, contradictorio y fragmentario, y buena parte de él bien pudiera estar a merced de ciegos demonios; sí, quizás nuestra tarea es precisamente la lectura, para que precisamente leyendo aprendamos a conocer mejor y a desterrar esos poderes demoníacos. Por otra parte, la idea de interpretación no exige la aceptación de un segundo mundo, un trasmundo que se haría accesible mediante el análisis del que aparece. El dualismo de lo inteligible y lo empírico tal como lo estableció Kant y como, según la perspectiva postkantiana, lo habría afirmado ya Platón, cuyo cielo de las ideas con todo aún permanece en el mismo sitio y abierto al pensamiento —ese dualismo hay que incluirlo en la cuenta del ideal de investigación antes que en la del ideal de interpretación, un ideal de investigación que espera reducir la pregunta a elementos dados y conocidos, y en donde nada sería más necesario que la sola respuesta—. Quien al interpretar busca tras el mundo de los fenómenos un mundo en sí que le subyace y sustenta, se comporta como alguien que quisiera buscar en el enigma la copia de un ser que se encontraría tras él, que el enigma reflejaría y en el que se sustentaría, mientras que la función del solucionar enigmas es iluminar como un relámpago la figura del enigma y hacerla emerger, no empeñarse en escarbar hacia el fondo y acabar por alisarla. La auténtica interpretación filosófica no acierta a dar con un sentido que se encontraría ya listo y persistiría tras la pregunta, sino que la ilumina repentina e instantáneamente, y al mismo tiempo la hace consumirse. Y así como las soluciones de enigmas toman forma poniendo los elementos singulares y dispersos de la cuestión en diferentes órdenes, hasta que cuajen en una figura de la que salta la solución mientras se esfuma la pregunta, la filosofía ha de disponer sus elementos, los que recibe de las ciencias, en constelaciones cambiantes o, por decirlo con una expresión menos astrológica y científicamente más actual, en diferentes ordenaciones tentativas, hasta que encajen en una figura legible como respuesta mientras la pregunta se esfuma. No es tarea de la filosofía investigar intenciones ocultas y preexistentes de la realidad, sino interpretar una realidad carente de intenciones mediante la construcción de figuras, de imágenes a partir de los elementos aislados de la realidad, en virtud de las cuales alza los perfiles de cuestiones que es tarea de la ciencia pensar exhaustivamente (véase Walter Benjamín, Ursprung des deutschen Trauerspiels, Berlín 1928, pág. 9-44, en particular págs. 21 y 33); una tarea a la que la filosofía sigue estando vinculada, porque su chispa luminosa no sabría inflamarse en otra parte que no fuera contra esas duras cuestiones. Aquí se podría buscar la afinidad, en apariencia tan asombrosa y chocante, que existe entre la filosofía interpretativa y ese tipo de pensamiento que prohíbe con el máximo rigor la idea de lo intencional, de lo significativo de la realidad: el materialismo. Interpretación de lo que carece de intención mediante composición de los elementos aislados por análisis, e iluminación de lo real mediante esa interpretación: tal es el programa de todo auténtico conocimiento materialista; un programa al que tanto más se adecuará la manera materialista de proceder cuanto más alejado permanezca del correspondiente «sentido» de sus objetos y menos se remita a algún sentido implícito, pongamos por ejemplo religioso. Pues hace mucho que la interpretación se ha separado de toda pregunta por el sentido, o lo que quiere decir lo mismo, los símbolos de la filosofía se han derrumbado. Si la filosofía ha de aprender a renunciar a la cuestión de la totalidad, esto significa de antemano que tiene que aprender a apañárselas sin la función simbólica en la que hasta ahora, al menos en el idealismo, lo particular parecía representar a lo general; y sacrificar los grandes problemas de cuya grandeza pretendía antes salir fiadora la totalidad, mientras que hoy la interpretación se escapa entre las anchas mandíbulas de los grandes problemas. Si la interpretación sólo llega a darse verdaderamente por composición de elementos mínimos, entonces ya no tiene parte alguna que tomar en los grandes problemas en sentido heredado, o sólo de manera tal que haga cristalizar en un hallazgo concreto la cuestión total que antes ese hallazgo parecía representar en forma simbólica. La desconstrucción en pequeños elementos carentes de toda intención se cuenta según esto entre los presupuestos fundamentales de la interpretación filosófica; el viraje hacia la «escoria del mundo de los fenómenos» que proclamara Freud tiene validez más allá del ámbito del psicoanálisis, así como el giro de la filosofía social más avanzada hacia la economía proviene no sólo del predominio empírico de ésta, sino asimismo de la exigencia inmanente de interpretación filosófica».

miércoles, 20 de abril de 2011

FREUD: EL MALESTAR EN LA CULTURA


§1. ESTRUCTURA Y PRINCIPIOS DE LO PSÍQUICO
En el primer capítulo de El malestar en la cultura[1], Freud introduce una serie de conceptos en torno a la estructura de lo psíquico que son clave para entender el planteamiento de su novedosa psicología social.
En primer lugar, se desmonta la concepción del sujeto como pura conciencia. La ingenua idea de que el yo (nuestra mismidad) es una entidad independiente y unitaria es una falsedad. El yo, como conciencia, no es más que la capa cortical, la fachada, que hace de frontera entre el ello hacia dentro y el mundo exterior hacia fuera. Con ello se ha establecido la estructura pseudo-espacial de lo psíquico, en la que la conciencia es un epifenómeno que surge de la interacción entre la entidad psíquica inconsciente (ello) y el mundo. Mientras que el límite entre el mundo y el yo del sujeto (sano y no enamorado) es definido, la continuidad dentro del sujeto entre el yo y el ello es más difusa.
A continuación, Freud introduce el concepto de evolución en lo psíquico, en paralelo al crecimiento biológico general del individuo. Así, el sentimiento yoico, que está ausente en el lactante incapaz todavía de distinguirse a sí mismo de un mundo exterior, se desarrolla primero por la oposición de un objeto que se encuentra afuera (seno materno), después por el principio del placer (yo placiente) que entiende como no-yo todo dolor –procedente tanto de causas internas como externas-, para acabar en su formación madura dominado por el principio de realidad, capaz ya de distinguir lo procedente del sujeto de lo procedente del mundo.
En este proceso, «originalmente el yo lo incluye todo; luego desprende de sí un mundo exterior» [MC11]. Aunque Freud no lo explicita, queda supuesto que la diferencia entre el mundo y el sujeto biológico es siempre clara para un hipotético observador exterior, y sólo a la conciencia (yo) inmadura se le escapa esta distinción. Este supuesto es importante para poder contar con un patrón desde el que distinguir la normalidad mental de los estados enfermos o regresivos (desde aquí se puede explicar el sentimiento oceánico que experimentan algunos individuos como una pervivencia de una fase primaria del sentimiento yoico).
Ahora bien, la estructura de lo psíquico no es puramente espacial, ya que está regulada por el principio de conservación «de lo primitivo junto a lo evolucionado a que dio origen» [MC12]. En la vida psíquica no hay olvido como destrucción, y lo que una vez se ha formado ya no desaparece. Así, la evolución de lo psíquico no se produce según el modelo zoológico ni arqueológico, en el que lo primitivo es sustituido, sino por bifurcación del curso evolutivo[2], con persistencias y resistencias del substrato junto a lo producido.

§2. ESTUDIO DE LA FELICIDAD
En el segundo capítulo de El malestar en la cultura, Freud hace un análisis, que pretende ser realista y científico, de las posibilidades de felicidad del ser humano, contando con dos hechos inevitables: su constitución psíquica general y su vivir en un mundo dado.
La vida, impuesta, es demasiado pesada, por lo que aligeramos su miseria mediante tres estrategias básicas: distracciones poderosas, satisfacciones sustitutivas y narcóticos insensibilizantes.
La vida, además, carece del objeto que le supone la vanidad antropocéntrica y buscan las religiones. Freud, más modestamente, se conforma con analizar la búsqueda de la felicidad que la observación revela como principio general de la conducta humana. La aspiración a la felicidad procede según dos caminos principales: la persecución del placer (fin positivo de felicidad) y la huida del dolor (fin negativo), que no son simétricos en sus posibilidades de consecución.
Por un lado, el fin positivo, la felicidad propiamente dicha, entendida como el cumplimiento positivo del programa del principio del placer, está en contradicción con el mundo entero y por tanto es irrealizable. Además, esta felicidad procede de la satisfacción instantánea de necesidades que han acumulado tensión (sólo gozamos el contraste), por lo que no se puede mantener en el tiempo indefinidamente.
Por el otro lado, la ocurrencia de lo negativo a evitar, el sufrimiento, es mucho menos difícil, ya que acecha desde tres lugares: desde el propio cuerpo, desde el mundo y desde las relaciones con los otros. Esta división tripartita está en correspondencia con los tres componentes de la libido citados en la nota 9 [MC233]: narcisistas, agresivos y eróticos, así como con los tres tipos de personalidad [MC28]: narcisista («satisfacciones esenciales en sus procesos psíquicos íntimos»), hombre de acción («mundo exterior en el que pueda medir sus fuerzas») y erótica («antepondrá los vínculos afectivos que los ligan a otras personas»).
Así pues, por esta asimetría constitutiva entre posibilidades de placer y de dolor, el ser humano rebaja sus pretensiones de felicidad, y el principio del placer influido por el mundo (yo, el mundo exterior y los otros) se transforma en principio de realidad.  Pero la felicidad es, a la par que irrealizable, irrenunciable, y por ello el hombre ha ensayado (diacrónica y sincrónicamente) diferentes estrategias para al menos acercarse a ella.
Estas estrategias se clasifican según su fin (positivo/negativo), según la fuente de placer o displacer (uno mismo/el mundo exterior/los otros) y según los grados de radicalidad y de capacidad necesaria de adaptación de la libido. Entre ellas Freud menciona las siguientes:
-          Intoxicación química.
-          Aniquilación de los instintos (lograrlo significa sacrificar la vida).
-          Moderación de la vida instintiva (dominar los instintos por las riendas del yo[3]).
-          Desplazamientos de la libido, sublimando los instintos hacia el placer del trabajo intelectual (ciencia, arte).
-          Imaginación reconocida como tal (obra de arte).
-          Imaginación no reconocida como tal, es decir, transformación delirante de la realidad (religiones).
-          Amor (desplazamiento de la libido hacia procesos psíquicos internos aferrándose afectivamente a objetos de la realidad para un cumplimiento positivo de la felicidad). El amor sexual es el prototipo de la felicidad.
-          Orientación estética de la finalidad vital (goce de todo tipo de belleza).
La estrategia de búsqueda de la felicidad más conveniente para cada uno depende de sus capacidades en un sentido convencional, pero también de su economía libidinal, es decir, de la constitución psíquica del individuo (narcisista, hombre de acción o erótico) así como de la capacidad de su aparato psíquico para adaptarse mediante transformaciones y reestructuración de los componentes libidinosos. Así, no todas las estrategias son adecuadas para todos los individuos.
Freud ensaya una valoración metapsicológica (extracientífica) de las estrategias felicitantes que, en mi opinión, está teñida por sus propios gustos de intelectual científico: resulta –evidentemente- que la ciencia es una actividad axiológicamente superior. Pero esta valoración incluye además una conciencia de lo pernicioso de los fundamentalismos («Cualquier decisión extrema en la elección se hará sentir exponiendo al individuo a los peligros que involucra la posible insuficiencia de toda técnica vital elegida, con exclusión de las restantes […] La sabiduría quizá nos aconseje no hacer depender toda satisfacción de una única tendencia» [MC28]) y una defensa del individuo («cada uno debe buscar por sí mismo la manera en que pueda ser feliz» [MC27]) que le lleva a enfrentarse a las religiones que, como delirios colectivos infantilizadores, imponen un camino y reducen el valor de la vida individual (Freud coincide aquí con Nietzsche).

§3. CULTURA
En el tercer capítulo de El malestar en la cultura, Freud explicita qué entiende por cultura y analiza el sufrimiento de origen social y el sentimiento de hostilidad hacia la cultura presente en su sociedad. Y es que, frente a los procedentes de la Naturaleza y del propio cuerpo, aceptados como inevitables, el sufrimiento derivado de las relaciones humanas es más difícil de aceptar por considerarlo gratuito o evitable.
Esta moderna hostilidad hacia la cultura proviene de la decepción general por la constatación de que el progreso científico-técnico, que nos ha convertido en semidioses en el aspecto material de dominio de la Naturaleza, no nos hace necesariamente más felices. Freud, sin embargo, defiende los avances materiales, y desactiva la percepción pesimista de la contradicción del progreso sugiriendo que «la felicidad es algo profundamente subjetivo» [MC32], es decir, que su apreciación objetiva depende ampliamente de la apreciación de las variaciones psíquicas entre distintas sociedades, y por tanto no se pueden realizar directamente comparaciones interculturales.
Ahora bien, en contradicción con su propio argumento, Freud se aventura a establecer un índice de los bienes culturales que le sirve como criterio para determinar el nivel de progreso de una cultura (definida como «la suma de las producciones e instituciones que distancian nuestra vida de la de nuestros antecesores animales y que sirven a dos fines: proteger al hombre contra la Naturaleza y regular las relaciones de los hombres entre sí» [MC33]) tomando como base el lenguaje común –que evidentemente es el de su propia cultura-.
Las conquistas de la cultura son las siguientes:
-          La utilidad como dominio de la Naturaleza, ligada a los ideales de omnipotencia y omnisapiencia.
-          La belleza.
-          El orden.
-          La limpieza.
-          Las actividades psíquicas superiores (producciones intelectuales, científicas y artísticas), con especial énfasis en las ideologías.
-          La regulación de las relaciones humanas en forma de Derecho.
Para Freud es este último elemento, el Derecho de la comunidad, por oposición a la fuerza bruta del individuo, el que define propiamente lo que es una Cultura: «la vida humana en común [donde] llega a reunirse una mayoría más poderosa que cada uno de los individuos y que se mantenga unida frente a cualquiera de éstos […] Esta sustitución del poderío individual por el de la comunidad representa el paso decisivo hacia la cultura […] Así pues, el primer requisito cultural es el de la justicia [(el orden jurídico)]» [MC39].
La cuestión clave en términos psicoanalíticos es que el derecho -la justicia- requiere la restricción de las posibilidades de satisfacción, es decir, el sacrificio de instintos. Así, surge una contradicción estructural entre la libertad individual -entendida en un sentido muy primario- y la cultura -entendida como voluntad de la masa-: la libertad individual no es un bien de la cultura, ya que aquélla era máxima (satisfacción sin restricciones) antes de ésta. El problema a resolver es el de si esta contradicción estructural es susceptible de un equilibrio o es irreconciliable.
La cultura no es algo dado para siempre, sino un proceso de evolución que impone cambios a las disposiciones instintuales del hombre (cuya satisfacción es la finalidad económica de nuestra vida). Existe pues una «analogía entre el proceso de la cultura y la evolución libidinal del individuo» [MC41]. Esta evolución de la constitución psíquica del hombre se produce según tres mecanismos:
-          Instintos consumidos y sustituidos por rasgos de carácter.
-          Desplazamiento de las condiciones de satisfacción del instinto, generalmente a través de la sublimación de los fines instintivos.
-          Renuncia a las satisfacciones instintuales (frustración cultural).
La cultura, para evitar graves trastornos, deberá ser capaz de compensar estas renuncias en la economía psíquica de cada sujeto.
§4. EVOLUCIÓN DE LA CULTURA
En el cuarto capítulo de El malestar en la cultura, Freud intenta un análisis de la evolución de la cultura, de los factores que están en su origen y determinan su desarrollo posterior.
Los motivos iniciales de la cultura humana son de dos tipos, que Freud identifica con la metáfora de Eros (amor) y Anaké (necesidad). Así, por un lado opera la motivación que está presente en el origen de la familia, que para Freud no es otra que la necesidad de satisfacción genital más continuada, mientras que por otro lado se produjo la percepción de que los otros hombres pueden ser colaboradores, es decir, de la utilidad de la vida en comunidad en el ámbito del trabajo. La alianza fraterna (fase totémica de la cultura), donde ya se comprueba que la asociación de individuos puede ser más poderosa que el individuo más poderoso pero aislado, representa la primera fusión de ambos motivos.
El amor sexual (genital) se había presentado en §2 como prototipo de toda felicidad (cumplimento positivo del principio del placer), y a su vez como peligrosa fuente de los mayores sufrimientos. Así, para poder lograr felicidad por vía del amor se «debe someter a la función erótica a vastas e imprescindibles modificaciones psíquicas» [MC44], principalmente transformando el instinto en un impulso coartado en su fin. De esta manera, el original amor genital puede llegar a transformarse en cariño y ternura universal e indiscriminada. En la cultura, además del interés de la comunidad de trabajo, opera el «amor» en ambas variantes -satisfacción sexual directa y cariño coartado en su fin-, dando lugar a nuevas familias y amistades, respectivamente.
Sin embargo, para Freud, el amor (familia) y la cultura (comunidad social amplia) acaban por entrar en inevitable contradicción, ya que ambos luchan por la posesión del individuo. Esta lucha entre la familia originaria y la evolucionada sociedad se reproduce en cada individuo cuando le llega el momento de abandonar la infancia familiar para entrar en la madurez social. En un gesto misógino, Freud introduce como motivo añadido de contradicción la influencia de las mujeres, representantes de la familia y la sexualidad e incapaces de la sublimación que requieren las realizaciones culturales, que se sienten celosas de la cultura con la que compiten por la atención de los hombres.
Dado que la energía libidinal de los hombres es limitada, ésta está sujeta al principio económico, y su consumo por parte de la cultura supone una disminución de la cantidad restante para dedicar a la vida sexual, que Freud equipara a una explotación dominadora. Así, la cultura, en su progreso tendente a ampliar su ámbito de influencia, impone sucesivas restricciones sobre la sexualidad, en función de la estructura material de cada sociedad. Este proceso ha alcanzado un máximo en la cultura occidental contemporánea con «la imposición de una vida sexual idéntica para todos [restricción de la sexualidad a la heterosexualidad genital entre esposos], fuente de una grave injusticia […] La cultura actual nos da claramente a entender que sólo está dispuesta a tolerar las relaciones sexuales basadas en la unión única e indisoluble entre un hombre y una mujer, sin admitir la sexualidad como fuente de placer en sí, aceptándola tan sólo como instrumento de reproducción humana que hasta ahora no ha podido ser sustituido»[4] [MC47].
Freud, tangencialmente, explica los síntomas de las personas neuróticas como satisfacciones sustitutivas para compensar esta frustración de la vida sexual que, entre otros motivos, es producida por la cultura. Así, se deduce, aunque Freud no lo haga en este lugar, que la cultura es productora neta de neuróticos.

§5. TENDENCIAS AGRESIVAS
En el quinto capítulo de El malestar en la cultura, Freud recorre el problema de las tendencias agresivas presentes entre las disposiciones instintivas del hombre, pues la sexualidad no es el único instinto en contradicción con la cultura: «el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad» [MC52-53].
Si esto es así -y la experiencia confirma que lo es-, los otros hombres no son sólo potenciales colaboradores y objetos sexuales, motivos de integración cultural, sino también potenciales blancos en que satisfacer una agresividad que es culturalmente desintegradora. Dado que «las pasiones instintivas son más poderosas que los intereses racionales» [MC53], la supervivencia de la cultura depende de que sea capaz de dominar la agresividad mediante formaciones reactivas psíquicas contra ella, que adoptan la forma del vínculo amoroso coartado en su fin (precepto ético de amar al prójimo con necesidad de sacralidad).
Para no renunciar a la satisfacción de las tendencias agresivas y al mismo tiempo mantener la cohesión social, se ha recurrido históricamente a la persecución de un enemigo cercano, tanto exterior como interior (narcisismo de las pequeñas diferencias).
Una vez llegados hasta aquí, ya se ve con claridad por qué al hombre le es tan difícil ser feliz viviendo en sociedad: la cultura requiere de él el sacrificio de su fuente original de felicidad, es decir, de sus tendencias instintivas (sexualidad y agresividad), a cambio de lograr seguridad; y esta dificultad es inherente a la cultura misma e inasequible a la reforma. «El hombre civilizado ha trocado una parte de posible felicidad por una parte de seguridad» [MC56-57], pero aún así, en la comparación con la condición de los hombres primitivos, en opinión de Freud, salimos beneficiados.

§6. EROS Y TÁNATOS
En el sexto capítulo de El malestar en la cultura, Freud desarrolla –de una manera más técnica y especulativa que en el resto del ensayo- la aparente contradicción, introducida en el capítulo anterior, que supone «la existencia de un instinto agresivo, particular e independiente» [MC58], hasta establecer que «la tendencia agresiva es una disposición instintiva innata y autónoma del ser humano [que] constituye el mayor obstáculo de la cultura» [MC63].
La doctrina de los instintos de la teoría psicoanalítica constaba inicialmente de dos elementos: los instintos del yo (tendentes a conservar al individuo) y los instintos libidinales dirigidos a objetos o pulsiones amorosas (tendentes a conservar la especie). En este juego de instintos «la neurosis venía a ser la solución de una lucha entre los intereses de la autoconservación y las exigencias de la libido, lucha en la que el yo, si bien triunfante, había pagado el precio de graves sufrimientos y renuncias» [MC59].
Con la posterior introducción del concepto de narcisismo en la teoría psicoanalítica, se amplía la libido hacia el yo, que pasa a ser su centro. Así, la libido narcisista (orientada al yo) es originaria, y la libido objetal es una derivación de la primera. En un nuevo avance de la teoría, Freud deduce que «además del Eros habría un instinto de muerte; los fenómenos vitales podrían ser explicados por la interacción y el antagonismo de ambos» [MC60]. Una parte de este instinto de muerte, llamado Tánatos, dirigida contra el mundo exterior, constituiría el impulso de agresión y destrucción.
Puesto que existen dos tipos de energía psíquica, se reserva el término libido para la energía instintiva del Eros, con intención de distinguirla de la energía del instinto de muerte. Desde esta distinción, la evolución cultural se puede presentar ya como una lucha entre Eros y Tánatos, entre vida y muerte de la especie humana.

§7. CONCIENCIA MORAL: SUPER-YO
En el séptimo capítulo de El malestar en la cultura, una vez establecido el instinto de agresión como el peligro principal que acecha a la cultura, Freud estudia los recursos con que ésta cuenta para hacerle frente, toda vez que no podemos contar con el equilibrio natural entre mundo e instintos que opera en los animales.
El método más importante es la introyección de la agresividad, es decir, ésta «es dirigida contra el propio yo, incorporándose a una parte de éste, que en calidad de super-yo se opone a la parte restante, y asumiendo la función de “conciencia” […] La tensión creada entre el severo super-yo y el yo subordinado al mismo la calificamos de sentimiento de culpabilidad; se manifiesta bajo la forma de necesidad de castigo» [MC64]. La cultura convierte al individuo en su propio vigilante mediante la instalación en su interior de una instancia de control.
En principio, lo que debe ser considerado bueno y malo es establecido por la influencia ajena, por la difusa autoridad social, con independencia de que ello sea placentero o nocivo para el yo, pero éste se subordina a ello por el «miedo a la pérdida del amor» [MC65], por la angustia social que produce el temor de ser descubierto obrando mal. Ahora bien, una vez establecida la instancia del super-yo como internalización de la autoridad se entra en una nueva fase, pues desaparece la diferencia entre hacer y querer el mal, y ya se puede hablar de conciencia moral y de sentimiento de culpabilidad. «Por consiguiente, conocemos dos orígenes del sentimiento de culpabilidad: uno es el miedo a la autoridad; el segundo, más reciente, es el temor al super-yo. El primero obliga a renunciar a la satisfacción de los instintos; el segundo impulsa, además, al castigo, dado que no es posible ocultar ante el super-yo la persistencia de los deseos prohibidos» [MC68].
Ahora bien, dado que aunque se renuncie a la satisfacción de los instintos –y aún más por esta renuncia impuesta culturalmente- el deseo persiste, nunca cesará el sentimiento de culpabilidad que procede de la presencia vigilante del super-yo. La conciencia moral supone una desventaja en la economía psíquica, pues con ella la desgracia interior es permanente, y además el hombre se adentra en una espiral de retroalimentación entre renuncia instintual y conciencia moral.
«La relación entre el super-yo y el yo es el retorno, deformado por el deseo, de viejas relaciones reales entre el yo, aún indiviso, y un objeto exterior, hecho que también es típico. La diferencia fundamental reside, empero, en que la primitiva severidad del super-yo no es -o no es en tal medida- la que el objeto nos ha hecho sentir o la que le atribuimos, sino que corresponde más a nuestra propia agresión contra el objeto. Si esto es exacto, realmente se puede afirmar que la consciencia se habría formado primitivamente por la supresión de una agresión, y que en su desarrollo se fortalecería por nuevas supresiones semejantes» [MC71]. En cualquier caso, las relaciones entre yo y super-yo son complejas, y están determinadas tanto por la constitución innata del individuo como por la influencia del medio, y en ellas se mezcla la evolución individual (Edipo) y la filogenética (asesinato del protopadre). «Efectivamente, no es decisivo si hemos matado al padre o si nos abstuvimos del hecho: en ambos casos nos sentiremos por fuerza culpables, dado que este sentimiento de culpabilidad es la expresión del conflicto de ambivalencia, de la eterna lucha entre el Eros y el instinto de destrucción o de muerte. Este conflicto se exacerba en cuanto al hombre se le impone la tarea de vivir en comunidad […] Si la cultura es la vía ineludible que lleva de la familia a la humanidad entonces, a consecuencia del innato conflicto de ambivalencia, a causa de la eterna querella entre la tendencia de amor y la de muerte, la cultura está ligada indisolublemente con una exaltación del sentimiento de culpabilidad, que quizá llegue a alcanzar un grado difícilmente soportable para el individuo » [MC74].

§8. SUPER-YO CULTURAL Y NEUROSIS CULTURAL
En el octavo capítulo de El malestar en la cultura, Freud analiza en detalle el sentimiento de culpabilidad que acompaña estructuralmente a la evolución cultural y se convierte en la principal fuente de infelicidad. Un sentimiento de culpabilidad que, además, puede permanecer inconsciente y expresarse en una necesidad inconsciente de castigo o en un sentimiento de angustia y malestar.
En esta explanación detallada, Freud fija los términos de la teoría psicoanalítica relacionados con el tema de forma tan sintética que merece ser recogida directamente: «El super-yo es una instancia psíquica inferida por nosotros; la conciencia es una de las funciones que le atribuimos, junto a otras; está destinada a vigilar los actos y las intenciones del yo, juzgándolos y ejerciendo una actividad censoria. El sentimiento de culpabilidad -la severidad del super-yo- equivale, pues, al rigor de la conciencia; es la percepción que tiene el yo de esta vigilancia que se le impone, es su apreciación de las tensiones entre sus propias tendencias y las exigencias del super-yo; por fin, la angustia subyacente a todas estas relaciones, el miedo a esta instancia crítica, o sea, la necesidad de castigo, es una manifestación instintiva del yo que se ha tornado masoquista bajo la influencia del super-yo sádico; en otros términos, es una parte del impulso a la destrucción interna que posee el yo y que utiliza para establecer un vínculo erótico con el super-yo. Jamás se debería hablar de conciencia mientras no se haya demostrado la existencia de un super-yo; del sentimiento o de la consciencia de culpabilidad, en cambio, cabe aceptar que existe antes que el super-yo y, en consecuencia, también antes que la conciencia (moral). Es entonces la expresión directa e inmediata del temor ante la autoridad exterior, el reconocimiento de la tensión entre el yo y esta última; es el producto directo del conflicto entre la necesidad de amor parental y la tendencia a la satisfacción instintual, cuya inhibición engendra la agresividad. La superposición de estos dos planos del sentimiento de culpabilidad -el derivado del miedo a la autoridad exterior y el producido por el temor ante la interior- nos ha dificultado a menudo la comprensión de las relaciones de la conciencia moral. Remordimiento es un término global empleado para designar la reacción del yo en un caso especial del sentimiento de culpabilidad, incluyendo el material sensitivo casi inalterado de la angustia que actúa tras aquél; es en sí mismo un castigo, y puede abarcar toda la necesidad de castigo; por consiguiente, también el remordimiento puede ser anterior al desarrollo de la conciencia moral.» [MC77-78].
La privación de la satisfacción de los instintos agresivos, y sólo ella,  deriva en un aumento del sentimiento de culpabilidad. Esta idea es aplicable al proceso de la represión: «cuando un impulso instintual sufre la represión, sus elementos libidinales se convierten en síntomas, y sus componentes agresivos, en sentimiento de culpabilidad» [MC80-81].
Hay una cierta analogía entre la evolución individual y la evolución cultural. Pero mientras que en la primera el objetivo es la felicidad (programa del principio del placer), en la segunda éste es desplazado por el de establecer una comunidad libidinalmente vinculada. Así, en cada individuo se desarrollan dos tendencias antagónicas: la egoísta felicidad individual y la altruista unión humana; dos procesos evolutivos en lucha: el individuo y la cultura. Estos conflictos se manifiestan en la propia economía de la libido.
La misma analogía permite a Freud hablar de un super-yo cultural, con los mismos orígenes que el super-yo individual (impresión dejada por grandes hombres semejantes a protopadres), que establece rígidos ideales y exigencias éticas. Ambos super-yo se exceden en sus pretensiones antipsicológicas, pues no tienen en cuenta la incapacidad del yo para dominar el ello y, como consecuencia, producen infelicidad.
Finalmente, la analogía plantea la posibilidad de la existencia de sociedades neuróticas bajo la presión de las ambiciones culturales, y de planes terapéuticos para ellas, si bien Freud es consciente de su inviabilidad.


[1] Freud, Sigmund, El malestar en la cultura y otros ensayos, Alianza Editorial, Madrid, 1991. Las citas a este texto se indicarán mediante la abreviatura MC seguida del número de página.
[2] La descripción que Freud da de este fenómeno psíquico recuerda a ciertos pasajes nietzscheanos sobre la metódica histórica y la persistencia de elementos previos desconectados de su sentido original. Los términos de Freud son: «Este fenómeno obedece casi siempre a una bifurcación del curso evolutivo: una parte cuantitativa de determinada actitud o de una tendencia instintiva se ha sustraído a toda modificación, mientras que el resto siguió la vía del desarrollo progresivo» [MC12]. Lo que podemos leer en Nietzsche, Friedrich, La genealogía de la moral. Un escrito polémico, Alianza Editorial, Madrid, 2008, p.102, ya ha sido recogido en otro lugar de este blog.
[3] Véase al respecto Horkheimer, Max y Adorno, Theodor W., Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos, Editorial Trotta, Madrid, 1998. En Excursus I: Odiseo, o mito e ilustración, Adorno sitúa el surgimiento del sujeto precisamente en ese movimiento: «el yo idéntico sería considerado por Homero sólo como resultado del dominio de la naturaleza interna del hombre» (nota al pie, p.101).
[4] Foucault, en su Historia de la sexualidad I (La voluntad de saber), expone detalladamente la genealogía de este control.

jueves, 27 de enero de 2011

MODERNIDAD EN PRUEBAS

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domingo, 7 de noviembre de 2010

SOBRE LA POSIBILIDAD DE UN NUEVO PARADIGMA

Me ha pedido un amigo que escriba algo en torno al tema "Miradas para un Nuevo Paradigma" para un seminario sobre Arquitectura y Pensamiento.
Ingenuamente le he ofrecido las primeras Notas de un modesto trabajo que he iniciado en torno a la posibilidad de una nueva metódica histórica -inspirada en los hallazgos nietzscheanos recogidos por Foucault- para la propia arquitectura, que permita «distinguir en ella dos cosas: por un lado, lo relativamente duradero [...], el uso [...], una secuencia rigurosa de procedimientos; por otro lado, lo fluido en ella, el sentido, la finalidad, la expectativa vinculada a la ejecución de tales procedimientos»[1]. Y a partir de aquí (si es que consiguiese llegar alguna vez), siguiendo el «principio más importante para toda especie de ciencia histórica»[2] acometer la difícil tarea de descifrar el poder en el espacio arquitectónico. Evidentemente, el color de este trabajo es el gris[3].
Mi amigo amablemente me responde: sí..., está muy bien..., pero escríbeme algo relacionado con el presente y en torno al tema Miradas para un Nuevo Paradigma.
Yo, que sé que me lo pide no porque sea arquitecto (ya nadie confía en los arquitectos) sino por ser estudiante de filosofía (hoy hay una nueva valoración de la filosofía, pero quizá sólo por creerla prima lejana del misticismo), intento justificarme para evitar escribir este texto desde el punto de vista de la filosofía. Y es que la filosofía es intempestiva -utilizando la expresión nietzscheana-, inactual -utilizando la expresión de Heidegger-, como el búho de Minerva sólo levanta su vuelo al atardecer -utilizando la expresión de Hegel-; para poder trabajar de forma auténtica necesita una distancia que la aleje de las urgencias del presente.
Como mi amigo insiste, y yo no quiero ser descortés, a modo de bienvenida a una actividad que nace con buenas intenciones, trataré de dar algunas pinceladas en torno a una crítica superficial de la posibilidad misma de un seminario sobre Arquitectura y Pensamiento centrado en las Miradas para un Nuevo Paradigma, entendido éste como un síntoma de lo que Ortega entiende como la posición esencial del hombre: la desorientación.
Sobre lo que para mí significa "arquitectura" ya se ha dicho algo en las mencionadas Notas para una posible historia de la arquitectura. Para lo que significa "pensamiento", me remito al texto de Heidegger Qué significa pensar, donde se insiste en la prevención contra dos tentaciones del pensar: el "desde dónde" y el "a dónde", el origen y la meta, el principio y el final, la que cree que la verdad está en el punto de partida y la que espera la revelación del último minuto; lo decisivo es el "entre", el curso del discurso sin un trayecto prefijado, el camino del preguntar pensante como un compromiso vital con la desorientación, siempre interior a su propia construcción, provisional, modesto y perplejo: somos un diálogo infinito. Este "pensar" está marcado por la soledad, que no es aislamiento ni introspección, sino una esforzada distancia respecto del propio presente y, sobre todo, del modo aceptado de ver las cosas: apertura de miras. Desde esta concepción del pensar, la visión, la "mirada" (que remite a la teoría, palabra que para los griegos significaba mirar) presupone un horizonte, un lugar y una perspectiva, que permitan el objetivo global de la orientación.
Estamos siempre ya en el pensamiento, estamos siempre ya en una mirada, y somos siempre ya excéntricos, arrojados fuera de nosotros mismos. La larga historia de nuestra cultura occidental, tras un primer momento teocéntrico (compromiso con la idea de un lugar privilegiado ocupado por una entidad privilegiada, que orienta una realidad que encuentra sentido en su referencia a ese centro inteligible) y un segundo momento antropocéntrico (que mantiene la centralidad que dota de sentido, pero ahora ocupada por un sujeto que proyecta racionalidad sobre la naturaleza), concluye -con Nietzsche- en un movimiento que abandona la lógica de la centralidad para dar paso a la lógica de la dispersión y la multiplicidad: la exsistencia del hombre es ya inevitablemente excéntrica, se le oculta el punto de partida y, a la vez, renuncia al sueño de la posibilidad de quedar encerrada en una identidad estable que clausure las perplejidades. Así, lo que desafina es la posibilidad de un Nuevo Paradigma.
"Paradigma", en su sentido de ejemplo a seguir, es un término que introdujo el filósofo de la ciencia Thomas S. Kuhn principalmente a través su revolucionario libro de 1962 La Estructura de las Revoluciones Científicas, junto a las ideas de ciencia normal, crisis de la ciencia normal y revolución científica[4]. El éxito de su concepción fue inmediato, y desde entonces no hay ningún filósofo de la ciencia que deje de lado la perspectiva histórica en sus trabajos, pero el fondo del planteamiento kuhniano ya no se lo cree nadie (se me concederá este punto sin más argumentación, pues este no es el lugar para desarrollarla). En cualquier caso, la idea de búsqueda de un nuevo paradigma en arquitectura, asociado inevitablemente a la noción de una nueva "arquitectura normal", resulta contradictorio con un compromiso con el auténtico pensamiento.
Si se quiere pensar -en el sentido expuesto, es decir, sin origen ni meta definida- de nuevo la arquitectura, habrá que asumir ya tanto la ausencia de paradigma (o, si se quiere, la presencia de una multiplicidad irreductible de paradigmas), pues la principal función del paradigma es bloquear el debate para permitir la producción acumulativa, como la imposibilidad e indeseabilidad de establecer uno nuevo.
                                  

[1] Nietzsche, Friedrich, Las genealogía de la moral. Un escrito polémico, Alianza Editorial, Madrid, 2008, p.102. En el mismo §13 del Segundo Tratado podemos seguir leyendo: «Nosotros suponemos [...] que el procedimiento mismo será algo más viejo, algo más antiguo que su utilización [...], que esta última ha sido introducida posteriormente en la interpretación de aquél (el cual existía ya desde mucho antes, pero era usado en un sentido distinto) [...]. En lo que se refiere ahora al segundo elemento [...], al elemento fluido, a su "sentido", ocurre que, en un estado muy tardío de la cultura (por ejemplo, en la Europa actual), el concepto [...] no presenta ya de hecho un sentido único, sino toda una síntesis de "sentidos": la anterior historia [...], la historia de su utilización para las más distintas finalidades, acaba por cristalizar en una especie de unidad que es difícil de disolver, difícil de analizar, y que, subrayémoslo, resulta del todo indefinible [...]: todos los conceptos en que se condensa semióticamente un proceso entero escapan a la definición; sólo es definible aquello que no tiene historia».
[2] Nietzsche, Friedrich, Op. cit., p.99. . En el mismo §12 del Segundo Tratado podemos seguir leyendo: «Pero todas las finalidades, todas las utilidades son sólo indicios de que una voluntad de poder se ha enseñoreado de algo menos poderoso y ha impreso en ello, partiendo de sí misma, el sentido de una función; y la historia entera de una "cosa", de un órgano, de un uso, puede ser así una ininterrumpida cadena indicativa de reinterpretaciones y reajustes siempre nuevos, cuyas causas no tienen siquiera necesidad de estar relacionadas entre sí, antes bien a veces se suceden y se relevan de un modo meramente casual. El "desarrollo" de una cosa, de un uso, de un órgano es, según esto, cualquier cosa antes que un progressus hacia una meta, y menos aún un progreso lógico y brevísimo, conseguido con el mínimo gasto de fuerza y de costes, -sino la sucesión de precesos de avasallamiento más o menos profundos, más o menos independientes entre sí, que tienen lugar en la cosa, a lo que hay que añadir las resistencias utilizadas en cada caso para contrarrestarlos, las metamorfosis intentadas con una finalidad de defensa y de reacción, así como los resultados de contraacciones afortunadas. La forma es fluida, pero el "sentido" lo es todavía más...».
[3] Para conocer el sentido de este color, asumido por Foucault, véase Nietzsche, Friedrich, Op. cit., p.29. Los consejos ya están en Hegel, Fenomenología del espíritu, Prólogo, (IV. Lo que se requiere para el estudio filosófico): «es especialmente necesario que la filosofía se convierta en una actividad seria».
[4] Kuhn, Thomas S., La estructura de las revoluciones científicas, Fondo de Cultura Económica, México, 1990. En la página 33 y siguientes define: «En este ensayo, "ciencia normal" significa investigación basada firmemente en una o más realizaciones científicas pasadas, realizaciones que alguna comunidad científica particular reconoce, durante cierto tiempo, como fundamento para su práctica posterior. En la actualidad, esas realizaciones son relatadas [...] por los libros de texto científicos [...] para definir los problemas y métodos legítimos en un campo de la investigación para generaciones sucesivas de científicos [...] "Paradigmas", término que se relaciona estrechamente con "ciencia normal". Al elegirlo deseo sugerir que algunos ejemplos aceptados en la práctica científica real -ejemplos que incluyen, al mismo tiempo, ley, teoría, aplicación e instrumentación- proporcionan modelos de los que surgen tradiciones particularmente coherentes de investigación científica [...] Los hombres cuya investigación se basa en paradigmas compartidos están sujetos a las mismas reglas y normas para la práctica científica. Este compromiso y el consentimiento aparente que provoca son requisitos previos para la ciencia normal, es decir, para la génesis y la continuación de una tradición particular de investigación científica». En la página 149 define: «las revoluciones científicas se consideran aquí como aquellos episodios de desarrollo no acumulativo en que un antiguo paradigma es reemplazado, completamente o en parte, por otro nuevo e incompatible».