miércoles, 8 de julio de 2009

MANIFIESTO CONTRA EL DOGMATISMO (EJERCICIO DE ESCUELA)


...cicuta, guillotina, hogueras... a las víctimas de las asambleas

Los caballeros andantes, que erraban por el mundo para
limpiarlo de dragones y gigantes, nunca abrigaron la menor
duda con respecto a la existencia de tales monstruos.
David Hume, Investigación sobre el entendimiento humano

A mi juicio usted ha sido el primero en enseñarnos algo
fundamental, a la vez en sus libros y en un terreno práctico:
la indignidad de hablar por los otros.
Gilles Deleuze a Michel Foucault, Los intelectuales y el poder

Aunque parezca mentira, esto ha de ser dicho en una escuela de filosofía europea en el año 2009: el pensamiento no debe aceptar dictámenes de congregaciones para la doctrina de la fe ni de cualquier otro tipo de asambleas; la lucha contra el sectarismo dogmático debería ser un objetivo prioritario, en un plano superior a reivindicaciones ideológicas y/o religiosas. Es más, los talantes totalitarios que se esconden bajo el manto de pretendidas causas justas deberían ser denunciados incluso si fuesen compartidos por la mayoría de las personas que forman parte de la comunidad afectada. La verdad no depende del voto.
El fanatismo es una enfermedad muy tenaz y con muchas complicaciones, que fácilmente deriva en totalitarismo[1]. Y, a la vista de los recientes incidentes y abusos que se vienen produciendo en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Valencia, parece que algunos compañeros muestran ya síntomas de estar al borde del contagio. Más allá de algunos casos perdidos, creo que deberíamos esforzarnos por evitar una epidemia, bien sea por interés, bien sea por motivos puramente estéticos.
Entre los dogmáticos y sectarios, siempre hay quien cree que su Verdad es tan grande que necesita sábanas para poder escribirla, posiblemente por una mezcla de orgullo del iluminado y de compasión paternalista hacia los pobres ciegos que no somos capaces de verLa sin mediaciones. Más allá de las intenciones, el hecho es que en nuestra escuela la pancarta parece haber sustituido al discurso, y el tamaño de las letras a la coherencia de los argumentos. Como síntoma evidente, la humildad socrática del pequeño rótulo del umbral de la Facultad de Filosofía ha sido ocultada con una gran pancarta que reza que ahora -revelación y revolución de la mano- la facultad es «asamblearia y focaultiana». Éste ha sido, de momento sólo por unos días, nuestro pórtico de acceso, que separaba el adentro del afuera.
Así, puesto que la "asamblea" todavía no me ha precisado el contenido concreto de mi pensamiento (decidido por votación, por supuesto), en lo más que puedo colaborar por el momento es en una falsa conversión al "focaultianismo" (¿como supuesto inicial para una reducción al absurdo?). Como soy "focaultiano" reciente, a lo más que puedo llegar es a hacer un poco de arqueología (método, para los infieles), a curiosear superficialmente en el nivel de los discursos que quieren justificar las nuevas relaciones de poder que se pretenden formar en la facultad; el tema de la genealogía (finalidad, para los infieles), de momento, lo dejo para los endocrinólogos.
Siguiendo al "nuevo maestro", «es preciso intentar hacer el análisis de nosotros mismos en nuestra condición de seres históricamente determinados, en cierta medida, por la Aufklärung [...]; tales investigaciones [...] tienen su coherencia práctica en el cuidado puesto en someter la reflexión histórico-crítica a la prueba de las prácticas concretas. No sé si hoy en día hace falta decir que el trabajo crítico implica aún la fe en la Ilustración; considero que siempre necesita el trabajo sobre nuestros límites, es decir, una labor paciente que da forma a la impaciencia de la libertad»[2].
Creo que el proyecto ilustrado mantiene toda su vigencia en la crítica del tipo de fenómenos sectarios que pretendo investigar, por lo que me parece que podría ser útil una revisión de ciertas actitudes a la luz de conceptos propios de este momento histórico, que a su vez las hace posibles, aunque sólo sea como desvíos de su intención original. Para esta tarea tomo como guía (caja de herramientas focaultiana) un libro de Tzvetan Todorov, El espíritu de la Ilustración[3].
Aunque pienso que el fanatismo está en la base de situaciones mucho más preocupantes que las aquí tratadas, estos otros problemas quedan por ahora fuera de mi alcance. Así, este manifiesto se redacta exclusivamente para dar respuesta a ciertos acontecimientos que superan el umbral de lo que considero tolerable en el contexto en que se producen y hasta donde yo los conozco, y no pretende exceder este límite. Este manifiesto no pretende juzgar nada ni a nadie, y de forma preventiva pide sinceras disculpas a quien justificadamente se pueda sentir ofendido[4].
EL ESPÍRITU DE LA ILUSTRACIÓN.
Según el análisis de Todorov, el proyecto ilustrado se sostiene sobre tres ideas centrales, que podemos llamar autonomía, humanidad y universalidad.
En cierto modo, la autonomía, entendida como la preferencia de la elección personal sobre la autoridad externa, es el momento principal, condición de posibilidad de todos los demás. La autonomía, en este sentido, necesita de dos movimientos: crítica y construcción. Por supuesto, la parte crítica -la emancipación, el "libre de"- es la parte más popular, la que todos quieren invitar a sus fiestas: ni dogmas, ni instituciones sagradas, ni tutelas religiosas; todo aquello que sea heterónomo o sobrenatural debe ser eliminado en nombre de la tolerancia y la libertad de conciencia. Ahora bien, tras desmontar los viejos engaños (religión, dominación), hay que comprometerse con la verdad[5], con un nuevo tipo de verdad basada en el conocimiento libre de autoridad y fundado en la razón y la experiencia (ciencia), y por tanto accesible a todos y, asimismo, liberador. Es por ello, por su valor para el conjunto de la nueva sociedad y no por un metafísico valor en sí misma, que la educación es un objetivo prioritario para el proyecto ilustrado, y se dedicará mucha energía a la difusión del saber: escuelas, asociaciones culturales, publicaciones, enciclopedias.
La nueva exigencia de autonomía, además de abrir paso a las libertades individuales (conciencia, opinión, expresión, prensa), es también muy productiva en su relación con la política, de la que surgen dos principios: la soberanía -el origen del poder está en el pueblo, en la voluntad general- y la libertad política -el Estado no tiene acceso al ámbito privado de la persona-, garantizada por el pluralismo y por el equilibrio de poderes. En consecuencia, el laicismo se abre paso en la vida pública, tanto en la política como en la justicia y la escuela.
El principio de autonomía, en cualquier caso, no es ilimitado: hablar de «total autonomía», como después veremos, es una desviación del proyecto ilustrado. Para regular las direcciones que debe seguir la sociedad tras la emancipación, se cuenta con las otras dos ideas centrales que enuncia Todorov: el humanismo (o antropocentrismo si se prefiere) y la universalidad. Así, la felicidad individual sustituye a la redención como finalidad de las acciones humanas (en consecuencia, el bienestar y no la salvación debería ser el objetivo del Estado y de cualquier otro poder que se pretenda legítimo), y las condiciones básicas (vida e integridad física) necesarias para esta búsqueda son un derecho inalienable de todos los seres humanos, sólo por el hecho de serlo. Como herencia del derecho natural, lo sagrado toma ahora forma en los «derechos del hombre», base de las luchas por la igualdad y la dignidad que todavía no se han terminado de ganar.
La valoración por parte de Todorov del proyecto ilustrado en y desde la actualidad es, como en muchos autores, ambivalente. De un lado, los ideales de la Ilustración (conocimiento, libertad individual, democracia, derechos universales, igualdad, felicidad) han triunfado en occidente, pero del otro lado no se han cumplido sus promesas de progreso y paz, como amargamente se encarga de demostrar la historia del siglo XX (guerras, totalitarismo, efectos de la técnica). Ahora bien, no es cierto que la Ilustración hiciese estas promesas, o por lo menos no todos los ilustrados. Autores como Rousseau no creen en el progreso lineal de la historia, y perciben en la propia condición del ser humano -la libertad-, junto a la capacidad para hacer el bien, la semilla del mal. «Por eso toda utopía, sea política o técnica, está destinada al fracaso. Si en la actualidad queremos apoyarnos en el pensamiento de la Ilustración para enfrentarnos a nuestras dificultades, no podemos asumir tal cual todas las proposiciones formuladas en el siglo XVIII, no sólo porque el mundo ha cambiado, sino también porque ese pensamiento no es uno, sino múltiple. Lo que necesitamos es más bien refundamentar la Ilustración, preservar la herencia del pasado pero sometiéndola a revisión crítica y confrontándola lúcidamente con sus consecuencias, tanto las deseables como las no deseadas. De este modo no corremos el riesgo de traicionar la Ilustración, sino todo lo contrario: al criticarla, nos mantenemos fieles a ella y ponemos en práctica sus enseñanzas»[6].
Todorov utiliza un concepto que puede resultar muy potente para la crítica que pretendemos: el de «desvío», en el sentido de corrupciones o caricaturas que deforman los principios del proyecto ilustrado para justificar ideologías. Así, la creencia en la universalidad de los derechos humanos se puede hacer degenerar en colonialismo; en el ateísmo, el individualismo y el materialismo hay quien es capaz de rastrear malintencionadamente el origen de los totalitarismos; la exigencia de autonomía del conocimiento puede derivar en cientificismo. En lo que sigue, se va a utilizar esta noción de desvío como instrumento polémico en el pequeño laboratorio del poder en que se ha convertido nuestra facultad (si se me permite, una especie de «Granja Animal» viviente).
PRIMER MALENTENDIDO: LA AUTONOMÍA.
Creo que parte de lo que está ocurriendo en la Facultad de Filosofía nace de un desvío con respecto al concepto de autonomía, núcleo del pensamiento ilustrado. Hemos visto ya que la autonomía resulta de un doble movimiento: emancipación de normas impuestas (atreverse a pensar por sí mismo, en palabras de Diderot), pero también elaboración de nuevas normas desde nosotros mismos (actuar según las máximas del propio juicio en palabras de Rousseau). «La máxima de pensar por uno mismo es la Ilustración», insistía Kant en su conocido artículo[7]. Ahora bien, los contenidos de este «pensar por uno mismo» no son subjetivos, ni tampoco objetivos al modo ideológico o religioso, sino intersubjetivos: están fundados en la razón y la experiencia, y por tanto el conocimiento (el científico, pero también el moral y político) que resulte debería ser accesible a todos; así, la voluntad popular es autónoma, pero no arbitraria: necesita el consenso y admite la crítica. No se debería apelar a la autonomía sin tener en mente su significado completo.
Todorov analiza, en relación con la autonomía, una serie de temas que son de mucho interés para esta investigación: la cuestión del origen y la legitimidad del poder político; la diferencia entre autonomía y autosuficiencia; el conflicto entre autonomía colectiva y autonomía individual.
La cuestión del origen y la legitimidad del poder es tan antigua como la vida política, pero la Ilustración sintetiza un nuevo enfoque: el poder pasa a estar en el interés general del pueblo (origen humano y no divino) y el gobernante debe servir a este interés; la soberanía popular es inalienable y el interés común, traducido en leyes, es la única fuente de legitimidad: es lo que Rousseau llama voluntad general.
Por tanto, y en cuanto a lo que nos ocupa[8], la legitimidad de la toma de poder de grupos de presión es, cuanto menos, problemática, y no parece que se pueda obtener directamente por una votación dentro del mismo grupo. Las decisiones de estos grupos de presión no deberían obligar a conjuntos más amplios de la sociedad, y mucho menos imponerse sobre ella: expresiones del tipo «las decisiones de la asamblea son vinculantes» atentan contra la voluntad general.
En esta misma línea, entender bien la diferencia entre autonomía y autosuficiencia es decisiva para evitar desvíos hacia el dogmatismo. El sentido común nos dice que el ser humano se forma y vive en sociedad, sin la relación con los demás que supone la vida en común está incompleto. Sade representa, entre los ilustrados, el desvío más extremo (y también más atracrivo) hacia la autonomía entendida como autosuficiencia, de gran éxito en épocas posteriores; según la interpretación de Bataille, la soberanía individual niega todo sujeto que no sea el propio, acercándose peligrosamente a la autodestrucción.
En un manifiesto emitido por una Asamblea de Estudiantes de Filosofía de Valencia, en nombre de «los estudiantes de filosofía de la Universidad de Valencia, reunidos en asamblea a 7 de octubre de 2008», se reclama la «total autonomía universitaria a la hora de dilucidar la validez de las titulaciones», a pesar de reconocer poco después que es «el futuro de la sociedad misma» lo que está en juego. En mi opinión, las decisiones que afectan a la «sociedad misma» corresponde tomarlas a la «sociedad misma»: la autonomía de la Universidad es de otro tipo muy distinto a la autosuficiencia, como a continuación veremos, y cualquier pretensión de imponer unilateralmente sus criterios sobre la sociedad completa es sospechosa de totalitarismo.
La noción de autonomía puede derivar también en un conflicto entre autonomía colectiva y autonomía individual. Como dice Todorov, en un primer momento el proyecto ilustrado entiende la soberanía del pueblo en contigüidad con la libertad individual, pero autores como Condorcet, al ser miembros de la asambleas, pronto son capaces de observar de primera mano los desvíos del poder al que representan. Según Condorcet, la escuela debe abstenerse de adoctrinar ideológicamente: «la libertad de esas opiniones será meramente ilusoria si la sociedad se apropia de las generaciones que nacen y les dicta lo que deben creer»[9].
Creo que es aquí donde está la autonomía de la Universidad. La organización de las instituciones académicas en cuanto entes económicos[10] (digámoslo claramente) corresponde a la sociedad y a sus intereses legítimamente expresados e históricamente cambiantes; pero garantizar el pluralismo y la capacidad crítica asociada a él es la tarea última de la educación pública. Que una asamblea se arrogue el derecho de declarar que una Facultad de Filosofía pública es «foucaultiana» (suerte que no se ha votado que sea lysenkista) es, además de un abuso intolerable, una traición al espíritu íntimo y último de la educación pública de la que se pretende defensora (como soy converso reciente y desconozco los misterios de la nueva fe, no sé si también peca de tomar el nombre de Foucault en vano).
Todorov entra a analizar algunos fenómenos actuales que amenazan la soberanía popular, tales como la globalización económica, el terrorismo internacional o el control de los medios de comunicación. La omnipresencia de estos últimos, que seleccionan la información de que disponemos y saturan el espacio audiovisual con sus conclusiones previamente decididas, orienta la dirección en que opera la presión de la opinión pública con la intención última de restringir la libertad del individuo, que se autocensura.
A nivel muy local, la situación de nuestra Facultad de Filosofía no es ajena a este fenómeno. Los métodos de propaganda más primitivos se han puesto al servicio del proselitismo con tal profusión que asfixian en la práctica el espacio necesario para cultivar el espíritu crítico y la libertad de expresión. Sinceramente, creo que el pluralismo se ve realmente amenazado por tanto acoso pancartario.
SEGUNDO MALENTENDIDO: EL LAICISMO.
Quizá el mayor logro del espíritu ilustrado sea el laicismo. Sin embargo, con el triunfo que supone eliminar la religión positiva del ámbito del poder, surge el peligro de que el espacio dejado por ésta sea ocupado por el propio poder como religión: es la «religión política» de que habla Condorcet. Es la fusión de la plenitudo potestatis (teocracia) y el cesaropapismo en una plenitud total del poder, que presenta como dogmas inmutables con forma de verdades científicas las decisiones políticas: se hace necesario entonces defender al individuo de sus propios representantes (la tiranía bajo la máscara de la libertad), y de nuevo será la escuela el principal campo de batalla.
Todorov ve cumplirse la premonición de Condorcet en los regímenes políticos totalitarios del siglo XX (comunismo, fascismo, nazismo). En apoyo de esta tesis cita a Waldemar Gurian, autor de estudios comparativos sobre los totalitarismos europeos, quien, para evitar la paradoja de la expresión «religión política», hablará de «ideocracias», entre las que distingue las religiones tradicionales y las nuevas religiones políticas. Ambas formas de confusión entre lo espiritual y lo temporal comparten la exigencia de abolición del laicismo (libertad individual), en aras de la sacralización del poder (político o espiritual). En este sentido, el totalitarismo sustituye y suplanta a la religión, pero ambos son enemigos de la sociedad civil, que sitúa lo sagrado en los derechos humanos.
El mes pasado se colocó en una posición principal dentro del atrio de la Facultad de Filosofía (sólo por haberlo visto puedo creerlo) una pancarta con una burla a los derechos humanos en su sesenta aniversario. En ella se podía leer una nueva versión de la carta de derechos, entre los que se encontraban el derecho a "arrimar la cebolleta" y a borracheras varias. Creo que este ataque -verbal- a los derechos humanos (que representan el consenso sobre el umbral de lo intolerable) es un síntoma elocuente de la actitud general que se pretende denunciar en este manifiesto; aunque fuese obra de algún insensato y se hubiese realizado sin votación previa por alguna asamblea, igualmente se enmarca en el ambiente general que se ha creado[11].
TERCER MALENTENDIDO: LA VERDAD.
El laicismo necesita de un tipo de discurso que distinga claramente entre dos tipos de acciones: promover el bien (voluntad>política) y establecer la verdad.(conocimiento>ciencia). Es decir, los detentadores del poder no deben influir sobre la búsqueda de la verdad: la verdad no depende del voto. De nuevo Condorcet analizará las implicaciones de esta diferencia en las escuelas; para ello distingue la instrucción pública («someter a libre examen», «verdades de hecho y de cálculo», «decidir por sí mismos») de la educación nacional (propagar valores). Evidentemente, la autonomía del individuo reclama la primera; defender la libertad del individuo implica distinguir entre hecho e interpretación, ciencia y opinión, verdad e ideología[12]. Condorcet es muy claro a este respecto: «en general todo poder, sea de la naturaleza que sea, esté en manos de quien esté, se haya otorgado como se haya otorgado, es por naturaleza enemigo de la ilustración [...], la verdad es tan enemiga del poder como de quienes lo ejercen»[13]. La independencia de la verdad es la última garantía de la autonomía del individuo.
Esta diferenciación entre bien y verdad conlleva dos peligros. De un lado está el moralismo, que juzga que el bien está por encima de la verdad, del otro el cientificismo, que cree que el bien deriva de la verdad, entendida como conocimiento de las leyes de la naturaleza. Pero más allá de estos dos desvíos, hay un tercer peligro en connivencia con la actitud totalitaria: el cambio en el estatus de la verdad, que el concepto de verdad se considere no pertinente, que la distinción entre verdad y mentira o ficción ceda ante las exigencias de utilidad y conveniencia del poder. Cuando esto ocurre, el concepto de información objetiva, de veracidad en la información, se vuelve indiferente; un síntoma de que esto está ocurriendo es el interés del poder en despertar los «fantasmas del miedo». Como bien indica Todorov, el poder «ofrece al que lo posee la impresión de que siempre tiene razón y de que no debe tener en cuenta ninguna otra opinión»[14].
A mi modo de ver, esta selección parcial y orientada -sesgada, como les gusta decir a los periodistas- de la información está operando de manera manifiesta en la presentación que la llamada Asamblea de Estudiantes de Filosofía está haciendo de ciertos temas. Más allá del hecho de que se seleccione la información -esto resulta inevitable-, está la apelación al miedo: «por esto, nosotros nos preguntamos: ¿sobrevivirá el grado de filosofía a unos tiempos tan poco propicios para el pensamiento?»[15]. Creo que lo más conveniente para las prácticas democráticas no es asustar con el infierno ni prometer la salvación, sino la información objetiva y veraz presentada sin valoraciones sectarias.
CUARTO MALENTENDIDO: LA UNIVERSALIDAD.
El último concepto que quiero tratar es el de universalidad, que, en mi opinión, es una noción muy potente, pero también muy problemática. La potencia de la universalidad está en su capacidad de fundamentar; su carácter problemático en su aplicación, basada en la idea de consenso. Según la formulación estándar del principio de universalidad, todos los seres humanos, por el simple hecho de pertenecer a la misma especie, tienen derecho a la misma dignidad, es decir, no se debe excluir voz alguna. Esta misma generalización está en la base del imperativo categórico Kantiano y de la idea de justicia que éste informa.
Ahora bien, esta universalización se puede hacer considerando a los individuos como seres humanos o como ciudadanos de una sociedad concreta, y en este sentido podremos hablar de derechos negativos (universales, anteriores a cualquier ley) frente a derechos positivos (contingentes, definidos por ley); esta oposición se muestra muy productiva para los debates sobre justicia distributiva[16], en especial cuando hay grupos de ciudadanos que se creen con todos los derechos positivos que su imaginación es capaz de concebir. Así, mientras que los derechos negativos son inalienables, previos a cualquier teoría de justicia, y por tanto innegociables, el contenido concreto de los derechos positivos deberá ser decidido por la sociedad, según intereses y capacidades, a través de un proyecto político.
En este sentido, creo que las luchas -absolutamente legítimas- por derechos positivos (tales como becas, reconocimiento y similares) debería ser muy cuidadosas en no atentar contra los derechos civiles y políticos que le sirven de base. Mi pérdida del derecho la libertad de expresión no debería ser un daño colateral de las reivindicaciones materiales de otros: ninguna asamblea me puede obligar a manifestarme a favor de nadie, esta práctica es, cuanto menos, vergonzosa. Es más, nadie debería otorgarse el derecho de hablar en mi nombre sin mi consentimiento.
En cualquier caso, la universalidad no debería ser confundida con la uniformidad. La diversidad y la pluralidad crean espacios de libertad que favorecen el espíritu crítico que la unidad asfixia. Esto es lo que Hume veía en Europa: «Allí donde muchos estados vecinos llevan a cabo gran intercambio artístico y comercial, su envidia recíproca disuade a unos de tomar a la ligera la ley de los otros en materia de gusto y de razonamiento, y les hace examinar cada obra de arte con el máximo cuidado y la máxima exactitud»[17]. Quizá sea aquí, en la dialéctica equilibrada entre pluralidad y unidad, donde se deben concentrar los esfuerzos. Para ello es interesante la distinción rousseauniana entre la voluntad de todos y la voluntad general. El ideal de la voluntad de todos es la unanimidad, su realidad la mayoría, su proyecto el totalitarismo, su método la censura y la represión. Sólo la voluntad general («toda exclusión formal rompe la generalidad»), que, consciente de la parcialidad de todos los intereses y capaz de tomar distancia del maniqueismo, representa la «suma de las diferencias» puede considerarse auténticamente democrática.
A título personal y pre-ocupado, 
Enero de 2009
Quien colabore para que este texto se mantenga
visible merecerá ser alimentado en el Pritaneo.



[1] Para lo que sigue, entiéndase totalitarismo en un sentido amplio. Así, con totalitarismo no me refiero a regímenes políticos de concentración de poder a nivel estatal, sino a una tendencia a imponer las propias ideas sobre totalidades, anulando el pluralismo. Las apropiaciones ilegítimas propias de la actitud totalitaria se muestran habitualmente en el abuso en su discurso de términos como "todos", "total", etc.
[2] Michel Foucault. ¿Qué es la Ilustración?, en Estética, ética y hermenéutica. Paidós Básica, Barcelona, 1999, páginas 346 y 352. En este mismo texto (página 348) se matiza: «Esa crítica no pretende hacer posible la metafísica convertida por fin en ciencia; busca relanzar tan lejos y tan ampliamente como sea posible el trabajo indefinido de la libertad. Pero, para que no se trate simplemente de la afirmación o del sueño vacío de la libertad, me parece que esta actitud histórico-crítica debe ser también una actitud experimental. Quiero decir que este trabajo efectuado en los límites de nosotros mismos debe, por un lado, abrir un dominio de investigaciones históricas y, por otro, someterse a la prueba de la realidad y de la actualidad, tanto para captar los puntos en que el cambio es posible o deseable, como para determinar la forma precisa que se ha de dar a dicho cambio. Es decir, esta ontología histórica de nosotros mismos debe abandonar todos aquellos proyectos que pretenden ser globales y radicales. De hecho, ya se sabe por experiencia que la pretensión de escapar del sistema de la actualidad para ofrecer programas de conjunto de otra sociedad, de otro modo de pensar, de otra cultura, de otra visión del mundo, en realidad no han llevado sino a reconducir las más peligrosas tradiciones [...], a las promesas del hombre nuevo que los peores sistemas políticos han repetido a lo largo del siglo XX».
[3] Tzvetan Todorov. El espíritu de la Ilustración. Círculo de Lectores. Galaxia Gutemberg. Barcelona, 2008. Por comodidad del lector, se evita citar todas las referencias al texto, que son muchísimas.
[4] Cualquier Robin Hood adolescente que quiera ascender a rango de Mesías debería tener en cuenta esto: no tomarse las críticas como algo personal, pues, del mismo modo que la Verdad le ha elegido a él como medio para manifestarse, podría haber elegido a cualquier otro (lo contrario es indemostrable).
[5] Traduciendo a dialecto "focaultiano": «Nada más inconsistente que un régimen político indiferente a la verdad; pero nada más peligroso que un sistema político que pretenda prescribir la verdad. [...]. La tarea del decir verdadero es un trabajo infinito: respetarla es una obligación que ningún poder puede economizar. A reserva de que imponga el silencio de la servidumbre». Michel Foucault. El cuidado de la verdad, en Estética, ética y hermenéutica. Paidós Básica, Barcelona, 1999, página 380.
[6] Tzvetan Todorov. Op. cit. p. 25. Esta idea también se encuentra en Foucault, ¿Qué es la Ilustración? en Estética, ética y hermenéutica, p.345: «el hilo que nos puede ligar de esta manera a la Aufklärung no es la fidelidad a elementos de doctrina, sino más bien la reactivación permanente de una actitud; es decir, de un éthos filosófico que se podría caracterizar como crítica permanente de nuestro ser histórico».
[7] Kant, I. Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?. Citado por Todorov, Op. cit. p. 41.
[8] «El problema para mí está en evitar esta cuestión, central para el derecho, de la soberanía y de la obediencia de los individuos sometidos a ella, y en hacer ver, en lugar de la soberanía y de la obediencia, el problema de la dominación y del sometimiento. Siendo ésta la línea general del análisis, eran necesarias un cierto número de precauciones de método para intentar desarrollarlo. Primeramente ésta: no se trata de analizar las formas reguladas y legitimadas del poder en su centro, en lo que pueden ser sus mecanismos generales y sus efectos constantes. Se trata, por el contrario, de coger al poder en sus extremidades, en sus confines últimos, allí donde se vuelve capilar, de asirlo en sus formas e instituciones más regionales, más locales, sobre todo allí donde, saltando por encima de las reglas de derecho que lo organizan y lo delimitan, se extiende más allá de ellas, se inviste en instituciones, adopta la forma de técnicas y proporciona instrumentos de intervención material, eventualmente incluso violentos». Michel Foucault. Curso del 14 de enero de 1976 en Microfísica del poder. La Piqueta, Madrid, 1979, página 142.
[9] Condorcet, Cinq Mémoires sur l'instruction publique. Citado por Todorov. Op. cit. p. 48.
[10] En el manifiesto de la Asamblea de Estudiantes de Filosofía de Valencia, ya citado en el texto, podemos leer: «exigimos el mantenimiento y aumento de las becas tradicionales a fondo perdido [...]. Demandamos pues un modelo de financiación totalmente público». Entonces, si queremos hablar de la ubre, deberíamos hablar de la vaca completa, e incluso consultar y considerar competentes, aunque sólo sea por cortesía, a los ganaderos que la alimentan.
[11] En la misma línea de exceder lo intolerable, mis propios ojos han podido ver dentro de la Facultad de Filosofía una caja para recoger donativos con el rótulo «impuesto revolucionario». Cada vez que, al cambiar de aulario, paso por delante del monumento a un miembro de la Universidad asesinado, me convenzo más de que esta jerga no debería tener lugar en este campus. Seguro que la asamblea será capaz de imponer (por votación) otros términos menos insensibles. Cien metros son demasiado poco para tanto relativismo.
[12] Tzvetan Todorov. Op. cit. p. 73.
[13] Condorcet, Cinq Mémoires sur l'instruction publique. Citado por Todorov. Op. cit. p. 74.
[14] Tzvetan Todorov. Op. cit. p. 87.
[15] Asamblea de Estudiantes de Filosofía. ¿Qué sabes del nuevo plan educativo?.
[16] Véase la excelente exposición del tema que hace Diego Gracia en Fundamentos de Bioética, Editorial Triacastela, Madrid, 2007.
[17] Hume, Del origen y progreso de las artes y las ciencias. Citado por Todorov. Op. cit. p. 123.

NIETZSCHE (EL PODER DE LA MENTIRA)

llega a ser el que eres

El libro de Jesús Conill, El Poder de la Mentira, Nietzsche y la Política de la Transvaloración, pretende posicionar la obra de F. Nietzsche como rótula o articulación entre dos momentos filosóficos: el criticismo kantiano y la hermenéutica contemporánea; como parte activa en el tránsito -transvaloración- que supone el paso de lo moderno a lo posmoderno, de la pretensión de universalidad a la aceptación y valoración del pluralismo, la dispersión y la diferencia, y, por tanto, a la introducción definitiva en el pensamiento de la perspectiva y la interpretación sustituyendo a cualquier instancia fundamentadora, unificadora y legitimadora.

Este salto, simbolizado por la "muerte de dios", se opera por una radicalización (búsqueda de la raíz) que transforma la crítica kantiana de la razón pura en una crítica de la razón impura mediante la introducción, junto a los elementos lógicos, de la razón de la vida a través de sus dimensiones corporal, lingüística, perspectivista y afectiva. Desde esta óptica de la vida, el valor de la verdad queda condicionado, la verdad se convierte en una función vital cuyo valor depende de su capacidad para in-corporar mediante la interpretación el mundo del devenir al servicio de nuestra necesidad de conservación. Así pues, este ir más allá de la lógica, de la fe en un orden de la razón, a través de la crítica genealógica del pensamiento que sitúa sus orígenes en la vida, obliga al criticismo a convertirse en hermenéutica.

La dimensión radical, que transforma el criticismo kantiano, tiene su punto de partida en la introducción de la componente fisiológica, de la consideración de la organización humana como una unidad de lo psíquico interior y lo físico externo, que es producto de un devenir y de una evolución. Desde esta doble consideración (unidad psico-física e historia natural) se puede plantear el rastreo genealógico de las instancias prerracionales que actúan activamente por debajo del orden racional (que en Nietzsche llega hasta el núcleo de la voluntad de poder). La biologización de las condiciones apriorísticas del conocimiento conlleva inevitablemente el desplazamiento de los objetos cognoscibles hacia el mundo fenoménico (las "cosas en sí" nos son desconocidas), quedando la interpretación de la realidad por medio de la fantasía creadora -invención conceptual- como modo de apropiarse del acontecer real, lo cual supone el fin de la distinción entre mundo aparente y verdadero, concentrados en el mundo visto desde dentro, donde todo es interpretación producto de nuestra organización corporal.

Junto a la crítica fisiológica, que descubre las raíces del pensamiento en su utilidad para la vida a través de la interpretación creativa del mundo, Nietzsche desarrolla como punto central de su filosofía una crítica lingüística paralela a la anterior (ya que el lenguaje es el órgano formador del pensamiento) también a través del método genealógico. El aspecto fundamental de esta búsqueda es el reconocimiento del origen del lenguaje en un "impulso a la formación de metáforas" que es esencial al hombre, considerado como "sujeto creador artístico", de modo que entre el sujeto y el objeto sólo es posible una relación estética y no una relación de verdad. No obstante, el método genealógico no sólo pretende encontrar el origen, sino que también rastrea la evolución del objeto de estudio para comprender su situación en el presente. Así pues, se toma conciencia de que la función comunicativa del lenguaje requiere la fijación de las palabras mediante convenciones sociales y el olvido del origen de las mismas en el instinto metaforizador; de tal modo que este olvido es el causante de la fe en los conceptos y, por tanto, de que se puede reproducir la realidad en sí.

El desenmascaramiento de la relación entre pensamiento y lenguaje, al mismo tiempo que insiste en la interpretación como único medio de conocer, desemboca en un principio de relatividad lingüística, que podríamos considerar como base del nihilismo, ya que excluye la posibilidad de conocer la verdad y la realidad. La consideración de que estamos atrapados en las redes del lenguaje, de que los conceptos vienen fijados por la subjetividad, tiene el aspecto formal de una aporía (en principio, la imposibilidad de verdad afecta incluso al enunciado de la imposibilidad de verdad). Sin embargo, entender el lenguaje como aceptación del mundo, si bien incapacita para conocer la verdad, al mismo tiempo abre un horizonte de posibilidades de experiencia, prepara un salto desde la reflexión hacia la praxis; el lenguaje tiene valor como instrumento de la vida y no por estar orientado a la verdad-objetiva, como herramienta de creación de verdad-sentido. Así pues, la crítica lingüística desemboca en el perspectivismo que permite "admitir la no verdad como condición de la vida".

Este situarse más allá de la vedad supone una radicalización del concepto kantiano de fe, que realiza una sustitución de la coincidencia entre pensamiento y ser por la certeza en el ámbito de la praxis; ya para Kant el valor de la verdad depende de que el individuo soberano obtenga claridad para actuar de acuerdo con su libre disposición. Para Nietzsche y su perspectiva vitalista, el valor de la verdad está condicionado desde la vida y su perduración en el seno del devenir; desde la gran razón del cuerpo, la verdad se convierte en una función vital, en un modo de incorporar lo otro, y, por tanto, la razón lleva asociada una voluntad ávida de dominio, que la filosofía nietzscheana llama voluntad de poder.

No obstante, la filosofía nietzscheana no se detiene en el abismo que abre el agotamiento de los valores prevalentes en forma de la crisis de sentido nihilista. La crítica de la verdad desde el valor de la vida, la consideración de que la verdad no está dada sino creada, conduce al problema de la libertad como perspectiva. Si bien la genealogía supone el momento crítico (negativo) de denuncia de la verdad-objetiva, al mismo tiempo la filosofía experimental nietzscheana abre nuevos horizontes de sentido desde la "gran razón del cuerpo", a través de la libertad entendida como soberanía para crear verdad-sentido. Para la superación del nihilismo pasivo y su crisis de sentido, el nihilismo activo nietzscheano obtiene su fuerza del momento de la transvaloración, del momento de la creación de nuevos valores; si bien la crítica (en cuanto establecimiento de los límites del conocimiento, que en Nietzsche es genealogía) es necesaria, igualmente lo es pasar a la fase de doctrina, a la filosofía hecha vida, a las cuestiones del sentido y el valor de la vida donde no llega la facultad teórica.

En este momento de la creación de sentido, donde nace la libertad radical como capacidad creadora a partir de la razón corporal, es inevitable una vuelta a los orígenes del lenguaje descubiertos por la genealogía lingüística, al instinto metaforizador, a una síntesis del pensar (denken) y el poetizar (dichten), de contenido y forma, a una superación de la lógica a través de la imagen y la metáfora.

Es en esta propuesta de la creación artística de valores, en mi opinión, donde habita el mayor atractivo de la filosofía nietzscheana, donde se vuelve práctica en un sentido radical y vital. Es por ello que este ensayo se propone explicitar parte del contenido del mencionado texto hermenéutico sobre Nietzsche de J. Conill a través de la exégesis del capítulo Del Camino del Creador de Así Habló Zaratustra, un Libro para Todos y para Nadie, del propio F. Nietzsche, donde se da prioridad al poetizar sobre el pensar, a un crear con libertad más potente y originario que el pensamiento. Se pretende con ello, además de alejar viejos demonios personales, establecer cierta conexión con las fuentes para evitar que este ensayo se convierta en una interpretación de segundo grado.

El capítulo Del Camino del Creador de la primera parte de Así Hablo Zaratustra, contiene gran parte de los elementos de la política de la transvaloración nietzscheana. Es en sí un programa de superación del idealismo moderno a través del modelo de autonomía individual del "espíritu libre", representado en el texto por la soledad y el ti mismo, opuesto a la despersonalización universalizadora de las instituciones modernas simbolizada por el rebaño. La denuncia de la moral del rebaño (la moral de la renuncia a sí mismo, del desprecio de la vida y de la salud, de la decadencia y de la defensa de lo débil) constituye el momento de crítica de la vía genealógica -posible por la distinción genealógica fundamental entre lo que favorece el crecimiento de la vida y la negación de la vida-, un situarse más allá de la idealización moderna de la felicidad y el bienestar que conlleva el peligro de que la humanidad se instale cómodamente en lo dado. El estado de bienestar extingue en el hombre la energía para querer, que es la fuente de fuerza para la creación, y supone finalmente la victoria del nihilismo, de la voluntad de no querer nada. Frente al hedonismo, la huida del sufrimiento, se opone la asunción del dolor y el sufrimiento como parte del devenir y del crecer, del carácter trágico que sitúa el centro de gravedad en el problema del sentido. Al mismo tiempo, en oposición a la conciencia hegemónica en la filosofía moderna, el cuerpo es un centro de sabiduría y acción del que nacen las interpretaciones, donde habita el sí mismo que domina al yo y que es fuente de las fuerzas de la vida, de la pluralidad de impulsos de entre los que destaca el impulso de asimilación (forzar incluso a las estrellas), por el que opera la voluntad de poder como una rueda que se mueve por sí misma, representación del dinamismo de la vida.

El desplazamiento hacia la concepción trágica de la libertad, que supone una intensificación del sentido de la responsabilidad en la autonomía radical del individuo autónomo y soberano, nos conduce también a la cuestión del poder, pues soberanía es poderío. El fondo último de la libertad es la fuerza interior, la capacidad autolegisladora que no consiste en una razón universalizadora, sino en la capacidad de tener una medida del valor desde sí mismo. Y en esta fuerza de la vida capaz de donar sentido se encuentra el motor capaz de pasar del libre de que implica la "muerte de dios" y el escapar de un yugo (nihilismo pasivo) al libre para que supone la interpretación activa (nihilismo activo) desde uno mismo, la transvaloración, la soberanía para la creación de verdad-sentido más allá de la servidumbre; resituar, en definitiva, el centro de gravedad de la vida en la vida misma, que es apreciar, valorar, interpretar más allá de Dios y del rebaño. Es en la experiencia libre donde reside la decisión sobre la jerarquía de valores.

Es en este punto donde reside la potencia de la filosofía experimental nietzscheana, donde el perspectivismo se hace práctico. La situación de los límites del pensamiento en el mundo del sentido y de su interpretación, la transvaloración de la noción de objetividad, supone la superación del legislador kantiano y de su ley moral universal; se radicaliza la autonomía moderna hasta el inmoralismo (que no amoralismo) en que el individuo es dueño de sí mismo (juez para ti mismo), capaz de darse a sí mismo una finalidad desde su propia perspectiva no universalizable; también por tanto, de renunciar a cualquier pensamiento fundamentador -procedente del miedo a la realidad que genera el idealismo- que quede fuera de uno mismo, lo cual conduce al solitario al desarraigo del ateismo, a ese primer vértigo que le hará gritar ¡estoy solo!.

La sospecha metódica contra la fe en el conocimiento que se manifiesta en la toma de conciencia de que el lenguaje es incapaz de conocer la realidad (el mundo auténtico es el del devenir y el lenguaje sólo puede expresar lo permanente y fijo) y excluye la posibilidad de verdad, abre el abismo del principio de relatividad lingüística, el reino de la falsedad ante el que surge el segundo vértigo que le hará gritar ¡todo es falso!.

Ambos vértigos surgen del mismo hecho, pues todo son interpretaciones y, por tanto, necesariamente pertenecientes a una perspectiva (estoy solo) y no objetivamente verdaderas (todo es falso). Son los vértigos del nihilismo, que amenazan con bloquear el proceso de afirmación de la vida, con matar al solitario. Es por ello que esos vértigos, desde la concepción agonal de la filosofía nietzscheana, han de morir, mediante la aceptación de la no-verdad como condición de la vida, mediante la comprensión de que la voluntad de verdad proviene de valores distintos de la verdad en sí misma -de su utilidad vital para incorporar el mundo-.

Para Jesús Conill, la aporía que se presenta entre el ethos antiguo de la cultura agonal y la autonomía hipermoderna se resuelve a través del concepto del pathos de la distancia, donde van juntos libertad y poder para valorar desde sí mismo, donde la autolegislación del individuo soberano (una estrella) goza de la independencia de su ley individual a partir de su instinto soberano y dominante. En este punto de vista cabe la jerarquía y diferencia de valor entre los hombres (tú caminas por encima de ellos), la idea de elevación y autosuperación que late en la voluntad de poder, ya que el presupuesto de toda elevación es la distancia entre los hombres. Es pues necesario abandonar la compasión hacia el débil, cambiarla por el desprecio, ya que es el sentimiento de compasión el que está en la base del igualitarismo moderno que impone la mediocridad (santa simplicidad) de la seguridad y el bienestar.

Así pues, la nueva autonomía nietzscheana se desarrolla en un contexto de relaciones de poder y dominación, asociado a una desjuridificación de las relaciones humanas. Mientras que en la concepción moderna el derecho se fundamenta en la igualdad entre los hombres, en el modelo nietzscheano los derechos surgen del poder y, por tanto, de la desigualdad. El derecho ya no es natural, sino que se funcionaliza (es un medio y no un fin), lo que permite a la genealogía rastrear su origen en un equilibrio de poderes casi iguales, de tal modo que los derechos se asimilan a grados de poder reconocidos y garantizados, en consonancia con el mencionado pathos aristocrático de la distancia.

Como ya hemos visto, la filosofía nietzscheana introduce en el pensamiento dimensiones olvidadas o silenciadas de la experiencia humana, lo otro de la razón pura ideal, para acabar transformando este momento de crítica en una filosofía de acción guiada por la voluntad de poder como expresión de la vida, que sustituye la política del bienestar por la radicalización de la política de la libertad y del sentido vital. Esta filosofía se concreta en un cambio de meta, que deja de ser una meta exterior al hombre, como es la felicidad, para convertir al hombre mismo en meta y esperanza; un nuevo hombre redentor capaz de superar los valores modernos y, al mismo tiempo, la crisis de sentido nihilista -de ser vencedor de Dios y de la nada-. Este superhombre ha de combinar el carácter demoníaco (aniquilador de valores) con la capacidad creadora, ha de ser capaz de despreciar y de amar, de consumirse y renovarse, de operar la transvaloración que convierte la vida en un nuevo para qué irreductible a la concepción utilitaria de la humanidad que antepone la cantidad de la masa (lo común, lo social, lo general) a la calidad de los hombres-excepción, de las estrellas que brillan con luz propia. La filosofía nietzscheana es pues una nueva vuelta de tuerca al lema vigente desde la antigüedad "llega a ser el que eres".

La novedad de la propuesta nietzscheana radica en que llegar a ser el que eres incluye de forma irrenunciable el momento de la creación de valores; la conducción de la propia vida no es sólo elección entre posibilidades desde un sistema moral dado y en vista de fines dados, sino también la creación del propio sistema, ya no-moral en cuanto que no tiene pretensiones de universalidad y necesidad, es decir, de imposición al otro. La concepción del hombre como sujeto creador añade a la libertad una componente estética, productiva, que se suma a su componente ética, nacida de su enraizamiento en la realidad misma del vivir y no en una conciencia abstracta de imperativos categóricos de carácter moral. Así pues, posicionarse más allá del bien y del mal, más allá de la felicidad, más allá de la verdad, atrae paradójicamente el centro de decisión desde el más allá hacia el más aquí.

Sin embargo, esta ampliación de la libertad, que fusiona forma y contenido, parece una tarea excesiva para el común de los mortales. Quizá el subtítulo del Zaratustra, un libro para todos y para nadie, pretende expresar esta realidad. Si bien los conceptos nietzscheanos de superhombre y transvaloración abren un horizonte de posibilidades que se nos antoja inmenso, es igualmente cierto que esa misma inmensidad resulta inabarcable. Parece que, al igual que en el caso de las utopías, el valor práctico de ciertas propuestas filosóficas consiste en indicar direcciones hacia las que ir avanzando. Y en este sentido, la genealogía nietzscheana ha abierto paso a la hermenéutica contemporánea a través de la inauguración de la interpretación como método filosófico.

Del Camino del Creador

¿Quieres marchar, hermano mío, a la soledad? ¿Quieres buscar el camino que lleva a ti mismo? Detente un poco y escúchame.

-El que busca fácilmente se pierde a sí mismo. Todo irse a la soledad es culpa-: así habla el rebaño. Y tú has formado parte del rebaño durante mucho tiempo.

La voz del rebaño continuará resonando dentro de ti. Y cuando digas -yo ya no tengo la misma conciencia que vosotros-, eso será un lamento y un dolor.

Mira, aquella conciencia única dio a luz también ese dolor: y el último resplandor de aquella conciencia continúa brillando sobre tu tribulación.

Pero ¿tú quieres recorrer el camino de tu tribulación, que es el camino hacia ti mismo? ¡Muéstrame entonces tu derecho y tu fuerza para hacerlo!

¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿Un primer movimiento? ¿Una rueda que se mueve por sí misma? ¿Puedes forzar incluso a las estrellas a que giren a tu alrededor?

¡Ay, existe tanta ansia de elevarse! ¡Existen tantas convulsiones de los ambiciosos! ¡Muéstrame que tú no eres un ansioso ni un ambicioso!

Ay, existen tantos grandes pensamientos que no hacen más que lo que el fuelle: inflan y vuelven aún más vacíos.

¿Libre te llamas a ti mismo? Quiero oír tu pensamiento dominante, y no que has escapado de un yugo.

¿Eres tú alguien al que le sea lícito escapar de un yugo? Más de uno hay que arrojó de sí su último valor al arrojar su servidumbre.

¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zaratustra! Tus ojos deben anunciarme con claridad: ¿libre para qué?

¿Puedes prescribirte a ti mismo tu bien y tu mal, y suspender tu voluntad por encima de ti como una ley? ¿Puedes ser juez para ti mismo y vengador de tu ley?

Terrible cosa es hallarse solo con el juez y vengador de la propia ley. Así es arrojada una estrella al espacio vacío y al soplo helado de la soledad.

Hoy sufres todavía a causa de los muchos, tú que eres uno solo: hoy conservas aún todo tu valor y todas tus esperanzas.

Más alguna vez la soledad te fatigará, alguna vez tu orgullo se curvará y tu valor rechinará los dientes. Alguna vez gritarás -¡estoy solo!-

Alguna vez dejarás de ver tu altura y contemplarás demasiado cerca tu bajeza; tu sublimidad misma te aterrorizará como un fantasma. Alguna vez gritarás: -¡Todo es falso!

Hay sentimientos que quieren matar al solitario; ¡si no lo consiguen, ellos mismos tienen que morir entonces! Mas ¿eres tú capaz de ser asesino?

¿Conoces ya, hermano mío, la palabra desprecio? ¿Y el tormento de tu justicia, de ser justo con quienes te desprecian?

Tú fuerzas a muchos a cambiar de doctrina acerca de ti; eso te lo hacen pagar caro. Te aproximaste a ellos y pasaste de largo: esto no te lo perdonan nunca.

Tú caminas por encima de ellos; pero cuanto más alto subes tanto más pequeño te ven los ojos de la envidia. El más odiado de todos es, sin embargo, el que vuela.

-¡Cómo vais a ser justos conmigo!- tienes que decir -yo elijo para mí vuestra injusticia como la parte que me ha sido asignada-

Injusticia y suciedad arrojan ellos al solitario: pero, hermano mío, si quieres ser una estrella, ¡no tienes que iluminarlos menos por eso!

¡Y guárdate de los buenos y justos! Con gusto crucifican a quienes se inventan una virtud para sí mismos, -odian al solitario.

¡Guárdate también de la santa simplicidad! Para ella no es santo o que no es simple; también le gusta jugar con el fuego -con el fuego de las hogueras para quemar seres humanos.

¡Y guárdate también de los asaltos de tu amor! Con demasiada prisa tiende el solitario la mano a aquel con quien se encuentra.

¡Solitario, tú recorres el camino que lleva a ti mismo! ¡Y tu camino pasa al lado de ti mismo y de tus siete demonios!

Un hereje serás para ti mismo, y una bruja y un hechicero y un necio y un escéptico y un impío y un malvado.

Tienes que querer consumirte a ti mismo en tu propia llama: ¡cómo te renovarías si antes no te hubieses convertido en ceniza!

Solitario, tú recorres el camino del creador: ¡con tus siete demonios quieres crearte para ti un Dios!

Solitario, tú recorres el camino del amante: te amas a ti mismo, y por ello te desprecias como sólo los amantes saben despreciar.

¡El amante quiere crear porque desprecia! ¡Qué sabe del amor el que no tuvo que despreciar precisamente aquello que amaba!

Vete a tu soledad con tu amor y con tu crear, hermano mío; sólo más tarde te seguirá la justicia cojeando.

Vete con tus lágrimas a tu soledad, hermano mío. Yo amo a quien quiere crear por encima de sí mismo, y por ello perece.

Así habló Zaratustra.