viernes, 10 de julio de 2009

TE QUIERO PARA SIEMPRE (CINECLUB.47)

Comienza aquí una serie de posts que utilizarán perversamente la excusa del cine para introducir “con un poco de azúcar” enfoques filosóficos (de momento no me pienso disculpar).

El jueves pasado (9/7/09) se proyectó en nuestro pequeño cineclub un ejercicio DOGMA de Susanne Bier con el título Elsker digt for evigt (te quiero para siempre), producción danesa del año 2002 narrada en un tono de realismo íntimo muy estético.

Como en casi todas las películas sobre relaciones humanas al estilo Rohmer, la línea argumental es muy sencilla y las emociones y conflictos muy complejos. La parte de la historia que queda a la vista es la siguiente: las vidas de una pareja joven (Cecilie y Joachim), recién prometidos y aparentemente enamorados, se cruzan con las de un matrimonio maduro (Marie y Niels) que, con una hija adolescente y dos hijos pequeños, funciona razonablemente bien. El azar detonante del encuentro es un accidente de tráfico (Marie atropella a Joachim, que queda tetrapléjico), lo cual introduce una primera serie de sentimientos de culpa a la que se sumarán los resultantes de la relación que inician Niels y Cecilie, cuya consecuencia inevitable será el fracaso del matrimonio.

La cinta se centra en el desfase temporal que media entre la rotura inesperada y brutal de la felicidad de Cecilie y Joachim y la progresiva y consentida de Marie y Niels, aunque ambas se muestren igual de inevitables desde casi el mismo instante. Ahora bien, la inevitabilidad no es del mismo tipo en ambos casos, pues mientras el accidente se nos presenta como fatalidad (al menos en el sentido de no deseado), la ruina moral de Niels es resultado de una posición ética que no por ser más aceptada es menos dudosa.

En un primer momento parece justificación suficiente para el comportamiento de Niels (que cambia una familia funcional por una aventura sexual con una mujer joven) la coartada del enamoramiento. Es más, el romántico discurso que otorga al amor sexualizado legitimidad para romper pactos, cuenta con rango de verdad indiscutible: sólo ponerlo en duda exalta pasiones equivalentes a las que provocan los dogmas religiosos. Y, a la manera de Carrie Bradshaw, yo me pregunto: ¿qué se esconde tras esta sobrevaloración del amor sexualizado?.

Aún a riesgo de ser antipático, creo que deben ser desenmascarados los mecanismos del poder que se esconden detrás de la fantasía de la “liberación sexual” (y de cualquier otro discurso con similares pretensiones de verdad). Y para ello no conozco mejor herramienta que el bellísimo libro La voluntad de saber, el primero de la serie Historia de la Sexualidad de Michel Foucault[1].

Para no perdernos, simplifiquemos. La visión que tiene Foucault del poder (multiplicidad de relaciones de fuerza inmanentes constitutivas de la organización; nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada) no es represiva, sino productiva: los mecanismos con los que opera el poder son dispositivos capaces de especificar –de producir identidad- a los individuos para su control en la sociedad disciplinar (a lo largo del blog iremos desarrollando este tema). Una vía de entrada es el cuerpo, donde poder y placer no se anulan, sino que se reactivan en las espirales perpetuas de la sexualidad, dispositivo productor de verdad.

Para Focault, históricamente ha habido dos grandes procedimientos para producir la verdad sobre el sexo. De un lado, en la mayoría de sociedades ha existido un ars erotica, donde la verdad era extraída del placer mismo a través de la práctica y la experiencia y donde el saber debía permanecer secreto para mantener su eficacia (figuras del maestro, de la transmisión esotérica, de la iniciación). Del otro, nuestra civilización –el occidente moderno- ha desarrollado una scientia sexualis, dominada por la confesión (y por tanto opuesta al secreto magistral).

Admitámoslo, somos una sociedad confesante, y a su través individualizante, con lo que de eficaz tiene la sujeción –constitución de los hombres como sujetos- para el poder. Y más aún, el sexo es un tema privilegiado de la confesión, la cual rige la producción de su discurso de verdad: las sociedades occidentales registran y clasifican sus placeres. Y junto al “hacer hablar” aparecen los métodos de la interpretación que convierten al que escucha en dueño de la verdad (Finn en esta película). [En la próxima película del cineclub (Ordinary people) quizá tendremos que hablar sobre el “hacer hablar” y su función normalizadora].

En palabras de Foucault: «Entre cada uno de nosotros y nuestro sexo, el Occidente tendió una incesante exigencia de verdad: a nosotros nos toca arrancarle la suya, puesto que la ignora; a él, decirnos la nuestra, puesto que la posee en la sombra. ¿Oculto, el sexo? ¿Escondido por nuevos pudores, metido en la chimenea por las tristes exigencias de la sociedad burguesa? Al contrario: incandescente. Hace ya varios cientos de años, fue colocado en el centro de una formidable instancia de saber. Instancia doble, pues estamos constreñidos a saber qué pasa con él, mientras se sospecha que él sabe qué es lo que pasa con nosotros. Determinada pendiente nos ha conducido, en unos siglos, a formular al sexo la pregunta acerca de lo que somos. […] Occidente ha logrado no sólo –no tanto- anexar el sexo a un campo de racionalidad, sino hacernos pasar casi por entero –nosotros, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra individualidad, nuestra historia- bajo el signo de una lógica de la concupiscencia y el deseo. Tal lógica nos sirve de clave universal cuando se trata de saber quiénes somos. […] El sexo, razón de todo»[2] .

La sexualidad misma es producida: es un dispositivo histórico sin una realidad por debajo (no hay que concebirla como una naturaleza dada que el poder intentaría reducir o como un campo oscuro que el saber intentaría descubrir), una vía de paso para las relaciones de poder. Y este dispositivo de sexualidad producido por Occidente se superpone sobre el dispositivo de alianza (sistema de matrimonio, de fijación y de desarrollo del parentesco, de transmisión de nombres y de bienes) que tradicionalmente había producido el sexo: «el dispositivo de sexualidad, como el de alianza, está conectado a los compañeros sexuales, pero de una manera muy distinta. Se los podría oponer término a término. El dispositivo de alianza se edifica en torno de un sistema de reglas que definen lo permitido y lo prohibido, lo prescrito y lo ilícito; el de sexualidad funciona según técnicas móviles, polimorfas y coyunturales de poder. El dispositivo de alianza tiene entre sus principales objetivos el de reproducir el juego de las relaciones y mantener la ley que las rige; el de sexualidad engendra en cambio una extensión permanente de los dominios y las formas de control. Para el primero, lo pertinente es el lazo entre dos personas de estatuto definido; para el segundo, lo pertinente son las sensaciones del cuerpo, la calidad de los placeres, la naturaleza de las impresiones, por tenues o imperceptibles que sean. Finalmente, si el dispositivo de alianza está fuertemente articulado con la economía a causa del papel que puede desempeñar en la transmisión o circulación de riquezas, el dispositivo de sexualidad está vinculado a la economía a través de mediaciones numerosas y sutiles, pero la principal es el cuerpo –cuerpo que produce y que consume-. En una palabra, el dispositivo de alianza sin duda está orientado a una homeostasis del cuerpo social, que es su función mantener; de ahí su vínculo privilegiado con el derecho; de ahí también que, para él, el tiempo fuerte sea el de la “reproducción”. El dispositivo de sexualidad no tiene como razón de ser el hecho de reproducir, sino el de proliferar, innovar, anexar, inventar, penetrar los cuerpos de manera cada vez más detallada y controlar las poblaciones de manera cada vez más global»[3].

Hoy el dispositivo de la sexualidad sostiene el viejo sistema de la alianza: la sexualidad da cuerpo y vida a las reglas de la alianza saturándolas de deseo. Si la sociedad nobiliaria se había afirmado por la sangre (ascendencia), la burguesía mira al cuerpo (descendencia): el sexo será la “sangre” de la burguesía, la sexualidad es originaria e históricamente burguesa. El antiguo derecho de muerte se ha transformado en administración de la vida, a través de una anatomopolítica del cuerpo humano y de una biopolítica de la población: es la era de un nuevo bio-poder (invadir la vida entera), indispensable para el desarrollo del capitalismo (inserción controlada de los cuerpos en el aparato de producción y ajuste de los fenómenos de población a los procesos económicos) y el sexo se encuentra en la intersección de los dos ejes (disciplinas del cuerpo y regulación de las poblaciones).

Desde este punto de vista, la película narra precisamente la historia de esta destrucción: el triunfo de un nuevo poder ligado a nuevos procesos económicos y nuevas estructuras políticas, el paso de una simbólica de la sangre a una analítica de la sexualidad. «Ironía de este dispositivo de sexualidad: nos hace creer que en él reside nuestra “liberación”»[4].



[1] Foucault, Michel, Historia de la Sexualidad, I. La voluntad de saber., Siglo XXI, Madrid, 2006. Lo primero es denunciar el discurso imperante; en las páginas 7 y 8 podemos leer: «me parece esencial la existencia en nuestra época de un discurso en el que el sexo, la revelación de la verdad, el derrumbamiento de la ley del mundo, el anuncio de un nuevo día y la promesa de cierta felicidad están imbricados entre sí. Hoy es el sexo lo que sirve de soporte a esa antigua forma, tan familiar e importante en Occidente, de la predicación».

[2] Op. Cit. p.82.

[3] Op. Cit. p.112-113.

[4] Op. Cit. p.169.

8 comentarios:

  1. Bien, trataré de poner orden a aquello que creo haber comprendido sin perderme entre tanta terminología desconocida y nuevas asociaciones de ideas.

    La asociación de la sexualidad a la valoración del individuo de su propio cuerpo y el papel productivo que juega potenciar esta sexualidad para el sistema capitalista es un argumento que, si bien yo ya había asimiliado, nunca lo había visto formulado con palabras (pienso mucho y converso poco) de modo que celebro que lo expongas y doy la bienvenida al tema.

    Además, aunque intuyo que es un tema que te interesa de por sí, viene refrendado efectivamente por los sucesos narrados en la película: advirtamos que, durante la aventura amorosa – de amor sexualizado como bien dices – entre Niels y Cecilie, una de las escenas estrella es la adquisición de mobiliario para la casa de Cecilie: la pareja juguetea en la tienda de muebles donde finalmente él compra toda una serie de piezas para ella: la factura es poco después la prueba con la que la hija adolescente confirma sus sospechas. Posteriormente, cuando Marie acude a esa casa y ve los muebles, le dice a la joven que ellos no pueden permitírse esos muebles. Concluyendo: el sistema capitalista se ha beneficiado de la relación de amor sexualizado entre Neils y Cecilie: él ha consumido productos de valor mucho mayor al que estaba habituado desde su núcleo familiar. Su “liberación” ha puesto en circulación más dinero y parece beneficiar, por tanto, al mercado que aparentemente la fomenta.

    Desde el punto de vista de la imagen y el culto al cuerpo no cabe duda que la sociedad actual fomenta el hedonismo con fines claramente económicos. Los medios de masas venden una imagen solo alcanzable mediante considerables esfuerzos físicos y económicos (los físicos también requieren un desembolso mínimo) Por supuesto, este culto al cuerpo no resultaría atractivo para la masa si no llevara aparejado una imagen de éxito: éxito económico y social, y éxito sexual. En mi opinión, además, la imagen de éxito sexual se ha convertido en el refugio de las masas que ya no son capaces de alcanzar el éxito económico.

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  2. (continuación)

    Sin embargo, como contrapunto a esta tendencia, no debemos olvidar que en nuestros país y especialmente durante el apogeo inmobiliario y el momento de mayor auge económico, el modelo de familia tradicional – matrimonio tradicional – ha regresado (tras su breve destierro de los años 80, efecto tardío de mayo del 68) por razones también económicas. Sólo la unión de dos individuos, casados o simplemente comprometidos, era capaz de enfrentarse al desembolso que supone la adquisición de una vivienda. De este modo, la asunción del modelo tradicional de matrimonio era era el precio a pagar por la emancipación. Por lo tanto, la célula familiar al uso servía a los intereses del mercado (especialmente, del inmobiliario)

    Y también me gustaría apuntar otra duda que me suscita la teoría de la liberación sexual al servicio del mercado:
    Estoy completamente de acuerdo en que nuestra sociedad occidental – en mayor o menor grado dependiendo de si la balanza se inclina del lado católico o protestante – es una sociedad confesante, donde el sexo ha ido tradicionalmente unido al sentimiento de culpa, que es la base de la religión judeo cristiana (la redención, el perdón de los pecados y demás zarandajas). La sexualidad ha sido desde el primer momento una de las principales preocupaciones de la Iglesia: el control sobre la sexualidad les proporcionaba el control sobre la sociedad, de ahí que el clero fuera en gran medida un ejército negro de comisarios imperiales encargados de garantizar en todo momento la represión sexual para conseguir la ración de culpa con la que funcionaba el engranaje vaticano.
    Ahora bien: llegado el día de hoy, lo que resta del poder de la iglesia está claramente ligado a los partidos llamados conservadores, que son los que defienden las tesis más liberales. Si la “liberación sexual” beneficia al mercado, cómo se explica que los partidos más liberales todavía defiendan a ultranza los modelos familiares tradicionales…? Por qué les compensa todavía seguir vinculados a la iglesia? Tal vez sea la clásica relación iglesia-poder, o tal vez sea inercia de la historia reciente, como reacción al terrible enemigo que le surgió a la iglesia con el marxismo…?

    Esta visión me ha pintado un nuevo escenario de contradicciones e intereses complejos entre los poderes de nuestra sociedad… interesante!

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  3. Umm... Iremos por partes: está el tema de la oposición entre sexualidad y familia, el tema de la represión, el tema de la economía y, por supuesto, cada vez que se habla de sexo aparecen las iglesias cristianas.

    El final del comentario se refiere a "contradicciones e intereses complejos", y creo que con ello aciertas en el centro de la postura filosófica de Foucault: evitar las simplificaciones. Es por ello que no es tan evidente la oposición que planteas entre sexualidad y familia tradicional, ni tan siquiera que la familia tradicional que conocemos no haya sido producida en línea con el dispositivo de sexualidad. En las páginas 114 y 115 de la obra de referencia (primer volumen Historia de la sexualidad de Michel Foucault) podemos leer: [La "sexualidad" estaba naciendo de una técnica de poder que en el origen estuvo centrada en la alianza. Desde entonces no dejó de funcionar en relación con un fenómeno de alianza y apoyándose en él. La célula familiar, tal como fue valorada en el curso del siglo XVIII, permitió que en sus dos dimensiones principales (el eje marido-mujer y el eje padres-hijos) se desarrollaran los elementos principales del dispositivo de sexualidad (el cuerpo femenino, la precocidad infantil, la regulación de los nacimientos y, sin duda en menor medida, la especificación de los perversos). No hay que entender la familia en su forma contemporánea como una estructura social, económica y política de alianza que excluye la sexualidad o al menos la refrena, la atenúa tanto como es posible y sólo se queda con sus funciones útiles. El papel de la familia es por el contrario anclarla y constituir su soporte permanente. Asegura la producción de una sexualidad que no es homogénea respecto de los privilegios de alianza, permitiendo al mismo tiempo que los sistemas de alianza estén atravesados por toda una nueva táctica de poder que hasta entonces ignoraban. La familia es el intercambiador de sexualidad y alianza: transporta la ley y la dimensión de lo jurídico hasta el dispositivo de sexualidad; y transporta la economía del placer y la intensidad de las sensaciones hasta el régimen de la alianza. Esa acción de prender con alfileres el dispositivo de alianza y el de sexualidad en la forma de la familia permite comprender un cierto número de hechos: que a partir del siglo XVIII la familia haya llegado a ser un lugar obligatorio de afectos, de sentimientos, de amor; que la sexualidad tenga como punto privilegiado de eclosión la familia; que por la misma razón la familia nazca ya "incestuosa"].
    En la película la sexualidad atraviesa la familia tradicional: Marie acepta perfectamente, e incluso anima a ello, que su marido (Niels) comparta tiempo y consuelo espiritual con Cecilie, pero compartir sexo le parece una traición (mayor que la traición económica). Las familias no contemporáneas o no occidentales estimarían como mayor traición la inversión de tiempo y dinero, pertenecientes por derecho a la familia, que el placer corporal (he leído que el Corán, por ejemplo, limita el número de esposas pero no el de concubinas que puede tener un harén). En el mismo sentido se podrían entender los celos de la hija, pero ése es otro tema.

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  4. (continuación)

    Por otro lado está el tema de la represión. Este tema es decisivo, pues se inserta en el núcleo de la comprensión del poder. Foucault pretende distanciarse de lo que él llama representación "jurídico-discursiva" del poder (dominada por la lógica de la censura, que conmina a la inexistencia, la no manifestación y el mutismo), para avanzar hacia una "analítica" del poder que lo entienda en su complejidad de productor de lo real. Desde este punto de vista, es dudoso decir que la represión caracteriza el acercamiento del occidente moderno al sexo: más bien nuestra sociedad parece embarcada en una "puesta en discurso" del sucio secretito.
    En línea con esta búsqueda de la complejidad en los fenómenos del poder, no deberíamos asociarlo directamente con el Estado o el poder económico. Para Foucault, el poder no es más que el nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada, y a mí, personalmente, también me cuesta cada vez más asumir la ecuación lineal poder=capital=mal. El tema del control de la identidad (de la especificación, de la sujeción, del rostro, del yo en definitiva) me parece hoy más decisivo que el planteamiento economicista-marxista. Pero como decía en el post inicial, el tema del poder necesita espacio propio y lo desarrollaré cuando esté preparado.

    Por último, está el tema de las iglesias y su relación con el poder (que creo que entiendes como el poder político-económico), y en concreto su papel represor respecto del sexo. En estos momentos estoy enfrascado en la lectura del libro de Antonio Escohotado "Los enemigos del comercio. Historia de las ideas sobre la propiedad privada. I:antes de Marx" donde se propone una tesis muy interesante a propósito de la adopción del cristianismo por parte del poder imperial: la sociedad romana del siglo IV estaba inmersa en una crisis de su economía esclavista (el exceso de mano de obra esclava -tremendamente desmotivada- desincentiva el trabajo productivo de los hombres libres y conduce a una recesión económica brutal) y necesitaba una religión apropiada para una sociedad en la que sobran personas: la religión pobrista, orientada hacia un fin del mundo próximo y por tanto sin interés en la producción económica. Desde el punto de vista pobrista, la recesión económica es éticamente positiva, y en consecuencia evita la revolución de unas masas contentas con la privación y el sacrificio, y prepara el concepto de servidumbre que domina toda la Edad Media. Cómo está religión ha sobrevivido a la Revolución Industrial podría explicarse de una forma simplista por la necesidad de mansos para las fábricas (que no malgasten su energía en sexo improductivo), y en paralelo entender el celo religioso de los capitalistas como pura hipocresía, pero esta explicación tan lineal no me convence y merece más investigación (quizá aciertas al plantear la competencia entre el comunismo y el cristianismo por el mismo público de personas sobrantes).

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  5. madre mia, da miedo escribir en este blog entre tanta opinión tan bien fundada ...

    lástima que no pudiera ver la película, en próximas proyecciones aportaré mi granito de arena

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  6. bufffffff...
    la madre que os parió!!!! nos quejábamos de la extensión en la exposición de las entradas del blog de Juanjo y nos "emocionamos" en exceso en los comentarios... es sólo una apreciación...

    de todas formas yo no soy tan inteligente como otros y no puedo exponer algo ni tan siquiera similar a lo que acabo de leer... lo cual me parece interesante, acertado en algunos casos y dudosas posiciones en otros...
    yo me limitaré a subrayar lo que constantemente permite que la historia avance y llegue a un desenlace, en mi opinión, abierto... y eso no es otra cosa que el "dejarse llevar"...
    Niels es un padre de familia que no se siente ni feliz ni infeliz con su matrimonio y su familia... simplemente se está dejando llevar porque su vida es pura rutina en lo que lo único que le hace esbozar una sonrisa son los juegos con sus 2 hijos pequeños... el resto es vivir por vivir. Y Cecilie se convierte en esa esperanza de vivir... porque vivir debe entenderse como tener la ilusión que Niels perdió en su matrimonio.
    Otra aspecto discutible es hasta que punto actúa bien o mal... eso ya es más difícil de explicar... lo que está claro es porqué actúa de esa forma y me parece muy normal... su problema es que ese "dejarse llevar" le lleva a cometer actos tan "estúpidos" como amueblar el piso de Cecilie mientras olvida regalarle un detalle a su hija por su cumpleaños... pero en ese momento Niels era el hombre más feliz del mundo, y le habría dado lo mismo regalarle muebles, invitarle a cenar o comprarle un cucurucho de chocolate belga...

    Juanjo, no seas tan parcial cuando adjetivas el accidente como "fatal" (está claro que es una fatalidad, es redundante) y sin embargo calificas de "ruina moral" el comportamiento de Niels... jajajajaaaaaaa
    (se te ve el "plumero"... jijiji)

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  7. Brevemente:
    1. El tema de la "ilusión" es, además de poéticamente, también filosóficamente muy interesante, aunque por motivos y con valoraciones obviamente diferentes. Deberemos hablar con espacio sobre qué mueve la vida (ilusión, deseo, miedo, nada...) y sobre qué debería moverla: es un tema demasiado central y por eso se evita.
    2. Con "ruina moral" no pretendía tanto hacer una valoración en términos de bien o mal (en el sentido de correspondencia con una posible verdad en el actuar), sino con una situación de "desmoralización" de hecho que sufre Niels, indudable atendiendo a las últimas escenas de la película. "Dejarse llevar" se corresponde casi literalmente con des-moralizarse (actuar sin decidir).

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  8. ¡vaya tela! ¿vosotros qué fumais?

    desde el cariño, bego

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